
Exótico, impetuoso, el músico de cabello enmarañado y barba poblada brinca como un saltimbanqui; es un comediante que salta del rock al pop y a los clásicos y dibuja piruetas en el escenario para agradar al público. Su figura desaliñada de traza callejera esconde a un virtuoso solista del violín.
El mago Ara Malikian sabe hipnotizar al auditorio. Al re encontrase con su público tras la pandemia del covid-19, en un teatro de Málaga-España, asegura que ha tomado medidas “para volver a casa sin estar infectados de ninguna porquería”. “La única infección que queremos que haya es que nos infectemos de música, arte y cultura».
Este músico de origen libanés y ascendencia armenia aprendió a tocar el violín en su niñez refugiado en un sótano durante la guerra del Líbano de 1976. Se ha desempeñado como concertino de la Orquesta Sinfónica de Madrid y se ha presentado como solista en las mejores salas de concierto de 5 continentes, desde el Carnegie Hall de Nueva York, hasta el Musikverien de Viena.
De espíritu libre y mentalidad nómada, Malikian es un fervoroso admirador de la música gitana que se haidentificado con la tradición y la cultura “romaní”, se ha contagiado de su aire misterioso y ha extraído de lo gitano el sonido de su violín que lo ha convertido en virtuoso de ese instrumento.
Malikian está convencido de que las melodías gitanas han influido de manera notable en el ámbito de la música universal: sabe la influencia que ha ejercido el violín gitano en obras de Joseph Hydn; admira la fuerza rítmica y la vitalidad gitana que ponen Johannes Brahms en sus danzas húngaras y Franz Liszt en las rapsodias húngaras; ha estudiado e interpretado piezas de Maurice Ravel como la rapsodia para violín y piano “Tzigane”, la obra Aires Gitanos del compositor y violinista español Pablo de Sarasate y otras célebres partituras inspiradas en lo gitano.
Virtuoso y atrevido, Ara Malikian toca sin partitura y con técnica intachable; y tras la rigurosa preparación de las obras clásicas se arriesga a mezclar sus repertorios con salpicaduras de rock matizadas de saltos circenses de tonalidad cómica. El público sonríe, aplaude a rabiar y casi siempre lo despide de pie.
En sus presentaciones Ara cambia el frac y el vestido de gala por atuendos informales, mientras se funde con su instrumento en una singular amalgama que le permite saltar con facilidad asombrosa del clasicismo al rock. Sus repertorios se mueven entre piezas clásicas de Bach, Paganini, Mozart, o Schubert y los temas de grandes roqueros como David Bowie o Led Zeppelin.
La pasión del violín de Ara Malikian debería servir para cambiar la imagen miserable que la sociedad occidental ha creado sobre la errante etnia gitana –huérfana de territorio y de nacionalidad- que vive diseminada en el mundo, discriminando a los varones como tratantes de ganado y a las mujeres como estafadoras que se ganan la vida adivinando la suerte.
El espíritu gitano que mueve las cuerdas y el arco del violín armenio, que heredó de su abuelo, le ha impulsado al violinista libanés-armenio-español a realizar excepcionales conciertos. Seducido por la música cíngara, Malikian rescata su influjo en la sensibilidad de los violinistas del mundo. “En cada violín del mundo hay un alma gitana dentro”. «Todos los violinistas tenemos una deuda con los gitanos».