El músico que hablaba con el diablo

Paganini mantiene hipnotizado al público con su violín. Hasta que un sonido bronco triza el encantamiento: se ha roto una cuerda. El violinista ignora los murmullos que inundan la sala y sigue tocando. Vuelve a quebrarse el aire, se ha desgarrado la segunda cuerda, director y músicos se miran inquietos. El violinista acaricia el instrumento y arranca nuevos arpegios. El concierto se desmorona, es la tercera cuerda rota. El director ha bajado la batuta, la orquesta se ha paralizado, el público se pone de pie. Y Paganini, impertérrito, sigue tocando con una sola cuerda.

El violinista está loco. Y tiene pacto con el diablo. Niccoló Paganini ha entregado al demonio su alma a cambio de virtuosismo y técnica sobrenaturales para tocar el violín. La anécdota voló por Europa durante décadas. Pero el diablo que le convirtió a Paganini en malabarista del violín fue el Síndrome de Marfan, una rara dolencia que  produce aumento y deformación de los huesos. El mal de Marfan se apoderó del músico y le dotó de una increíble hiperflexibilidad en sus dedos y muñecas, que le permitían tocar el violín de manera excepcional, tocar con la uña de su dedo pulgar y con el dorso de la mano.

Niccoló  también poseía una imaginación endiablada. Utilizaba su fealdad física: cabellera negra y ondulada, frente cuadrada, ojos grandes y penetrantes, nariz prominente, pómulos salientes, mejillas hundidas,  para proyectar una imagen fantasmal que sorprendía y fascinaba al público. Enfundaba su cuerpo delgado y desgarbado en vestimentas estrafalarias: traje pingüino, pantalones negros, abrigos largos y deshilachados. Contorsionaba su cuerpo y brincaba en el escenario. Y no desafinaba ni perdía la concentración. Estaba poseído, parecía un engendro del demonio.

Su virtuosismo, ingenio, imaginación y audacia lo convirtieron en el violinista de violinistas. Afinaba el violín medio tono más alto que el de la orquesta para darle más brillo;  con sus dedos largos y retorcidos podía tocar hasta 12 notas por segundo y llegar a notas inalcanzables para la mayoría de violinistas; mago de los escenarios, sus improvisaciones rompían formalismos para llegar al corazón del público que enloquecía al escucharle; sus técnicas de interpretación tenían cierto halo de misterio y su técnica de la scordatura le permitía cambiar la afinación de las cuerdas del instrumento y producir sonidos imposibles de lograr con un violín afinado en forma convencional.

Las partituras que legó a la posteridad, especialmente sus 24 caprichos, han sido interpretadas por los más grandes violinistas. Sus composiciones han dado origen a varias obras de compositores universales como Liszt, Brahms, Rachmaninov. El breve y célebre capricho No. 24, una de las piezas técnicamente más complejas escritas para el instrumento, se ha ejecutado en grandes escenarios de todo el mundo y ha sido llevada al cine.

No han quedado registros sonoros de los conciertos de Paganini, hace 200 años  no se habían inventado tecnologías de grabación de sonido. Pero quedan testimonios que hablan de su virtuosismo y su  técnica inimitable.  Luego de oírle en un concierto Franz Schubert decía: “He escuchado el canto de un ángel”.  El compositor inglés Félix Mendelssohn opinaba: “él es tan original, tan único, que se requeriría un análisis exhaustivo para poder expresar una impresión sobre su estilo».  El diario “La Gazzeta Piamontese” comentaba: “Tiene algo de diabólico, una habilidad casi sobrenatural. Muy a menudo su violín ya no es un violín. Es una flauta, es la limpísima voz de un canario bien amaestrado; supera las más incomprensibles dificultades con una facilidad indecible”.

El fantasma de Niccoló Paganini y la leyenda de artista genial y diabólico perviven aún. Aprendió a tocar la mandolina a los cinco años y luego el violín, a los nueve   años dio su primer concierto.Adicto a las mujeres y al alcohol, la vida bohemia quebrantó su frágil salud: padeció de sífilis, tuberculosis y hemoptisis que le deterioró los pulmones y  la laringe y precipitó su muerte.

Casi en bancarrota, atormentado por las enfermedades, se retiró de los escenarios  a los 54 años y murió a los 58, aunque él quería seguir viviendo. Se negó a recibir los sacramentos argumentando que no los necesitaba porque no estaba muriendo. La Iglesia Católica negó la sepultura de su cadáver. La leyenda de violinista del diablo fue el epitafio final.

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Sombras de Mahler sonaron en Quito

El 19 de septiembre de 1908, cuando el compositor bohemio dirigió el estreno de su sinfonía número 7, en Praga, un Mahler atormentado caminaba por el escenario, entre la felicidad y el terror, rodeado de dos sombras: el dolor de su hija que acaba de morir y el reciente diagnóstico de la endocarditis que lo llevaría poco después a la tumba.

La más impopular de las sinfonías de Mahler, compuesta hace 115 años, durmió varias décadas en la partitura hasta que los directores de orquesta se decidieron llevarla a los escenarios. Era una obra adelantada, que el compositor la consideraba innovadora y grandiosa, pero no fue comprendida y valorada por el público de su tiempo.

El jueves 11 de julio el director ruso Yury Sobolev, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador,  condujo el estreno nacional de la obra y llevó los   claroscuros de la sinfonía a la iglesia “La Compañía” de Quito, un templo de singular acústica y gran belleza arquitectónica, que conjuga el estilo neoclásico con el barroco y el mudéjar.

Con la batuta de Sobolev Mahler se movió en la iglesia quiteña con las luces del templo apagadas, regando oscuridad durante los primeros cuatro movimientos y   buscando el día  hasta encontrar  la salida del túnel en el Rondó final.

Un clima misterioso se instala en “La Compañía”: tuba, trompetas, clarinetes y oboes abren la “Canción de la noche” con una melodía melancólica de ritmo lento que da paso al Allegro con fuoco; el aire sombrío vuelve con el trombón.

Con el segundo movimiento llega la “música nocturna” y una extraña marcha militar lenta pone en el escenario el fantasma de Rembrandt que había penetrado en Mahler con las figuras del cuadro “La ronda de la noche”.

El Scherzo es una pesadilla,  un vals diabólico trae fantasmas y ritmos espectrales al escenario; el vals vienés se desfigura y desemboca en un violento pizzicato de las cuerdas graves que golpean sobre la madera del instrumento.

La música nocturna vuelve otra vez, calma la ansiedad del Scherzo, silencia a los metales, da paso a las maderas con sonidos fugaces de guitarra y mandolina que sorprenden al auditorio.

Contradictorio, incoherente, en el Rondo-Finale  Mahler desemboca abruptamente en la luz con timbales, trompetas y  el tutti que sorprenden.

Santo y demonio, admirado e incomprendido,  el compositor que con sus sinfonías cambió el mundo es complicado y difícil. Quizá por eso, su universo sonoro  ha llegado pocas veces a Quito y la interpretación de su séptima sinfonía fue sorpresa para muchos. El choque de luces y sombras, que termina con voces de campanas que irradian esperanza y paz, habrá sido un encuentro reconfortante para los amantes del sinfonismo mahleriano que llenaron  la  antigua iglesia convertida en espléndido escenario de la música universal.

Guayasamín cien años del indio que pintó el dolor

Más que pintor de América o artista del siglo XX Guayasamín es un pincel  que traza con alaridos el dolor humano, descubriendo formas para herir con harañazos que sangran y duelen. Su pintura exhibe las marcas que dejan los lobos humanos que  devoran corderos y a otros lobos y dejan regueros de violencia, hambre y miseria.

Este mestizo de América, hijo de padre indio y  madre mestiza, nacido en Quito en un mes de julio de 1919,  ha demostrado que  el arte es la más elevada expresión del espíritu humano, que está por encima de concepciones políticas, ideológicas y religiosas. 

Tras su formación académica en la Escuela de Bellas Artes de Quito, Oswaldo Guayasamín trabajó con los grandes muralistas de México, y de grandes maestros universales como El Greco y Picasso aprendió los secretos de la forma y el color, que influyeron en su estilo simple y tremendamente expresivo.   

En Huacayñán, con tonos blancos, grises y ocres, el pintor abre una visión de los pueblos mestizos, indios y negros para expresar sus tristezas, alegrías, tradiciones. En sus viajes por los países de Latinoamérica descubrió “el camino del llanto” y lo plasmó en el lienzo expresándolo con ojos que se humedecen para dar paso al llanto, y lágrimas que se estrangulan antes de brotar.

La edad de la ira, la más universal de sus obras, es una denuncia grotesca en donde el horror estalla en series como Las manos, Cabezas, El rostro del hombre, Mujeres llorando. Con matices blancos, negros y grises desfilan por las telas del maestro cuerpos, rostros y sobre todo manos. Manos crispadas que aúllan de dolor e ira, manos grotescas que envenenan el aire de codicia insaciable. Manos que arden de rebeldía. Manos para rezar, gritar, suplicar.    

Las izquierdas intentaron convertirlo en bandera política entre tirones de rechazo de otras tendencías. Ridículas manipulaciones políticas que han sido superadas por la condición de gran pintor y espléndido dibujante del artista que ha recorrido vastas latitudes entre controversias y contradicciones.

Cara de indio, rebeldía de indio, grito de indio, Guayasamin no es el pintor de los indios, es el retratista del dolor y de la miseria humana. Cien años después de su nacimiento y 20 años después de su muerte la geografía humana de su tiempo se ha transformado: indios y negros ya no son bestias de carga humillados por blancos y mestizos, las mujeres tienen mayor respeto y espacios más abiertos en la sociedad y las guerras ya no muestran las monstruosidades del siglo pasado.   

La tecnología ha sometido y ha cambiado al mundo. El mundo de hoy es un mundo más cómodo que ha simplificado y ha enriquecido la vida de la gente. Pero el espíritu de la raza humana sigue igual. Se violan niños y mujeres en las esquinas lo mismo que en los conventos. Se mata con frialdad y sin remordimiento. Los tiranos someten y asesinan sonriendo. Miles de niños y ancianos perecen todos los días de enfermedad y hambre. Y otros sobreviven comiendo basura.

Hace falta un Guayasamín que denuncie los crímenes del siglo XXI. Y la impunidad, la corrupción,  el quemeimportismo.

Mafalda la niña irreverente que no envejece

Tiene la misma figura y la misma edad que tenía hace 55 años cuando nació y sigue recorriendo el mundo, pícara e irónica, con su melena anticuada, su lazito en forma de corbatín, su boca grande y burlona. Sigue sentadita en la pequeña banca de la plaza  de San Telmo-Buenos Aires donde los argentinos la inmortalizaron. Vive en jarros portalápices, en esferográficos, portadas de libros y revistas. Y en el corazón de varias generaciones de argentinos, latinoamericanos y gentes de otros países que han aprendido a amarla sin espacio ni tiempo.

Quino, la parió para que retratara los vicios y las costumbres del mundo  de su tiempo pero la niña de la sopa, igual que ayer, continúa criticando el cinismo, la audacia y la corrupción de las  generaciones de hoy con la misma frescura que lo hacía en los años sesentas cuando vio la luz.

Las cosas que dice Mafalda no corresponden a una niña de ocho años, la inocente chiquilla que critica con acidez al mundo, parece que tuviera más de cien años.  Generalmente se despierta  contenta y empieza repartiendo la dieta de la alegría: sonrisas, abrazos, besos; saluda al mundo, a la gente buena; dice sí a la democracia, a la justicia, a la libertad, a la vida. Después se le agría el día y protesta: “este mundo me sabe a sopa”. La nena comprende que el humano es el mismo una enfermedad incurable; está tan consciente de las tremendas limitaciones  de la gente que llega a decir que, como en el arca de Noé, “se siente rodeada de animales”. Y sabe que el mundo está lleno de idiotas que se tropieza con ellos a cada paso. Está obsesionada con los idiotas: “al llegar a los 50  no ves las letras de cerca, pero ves a los idiotas desde lejos”

Mafalda admite que las mujeres son tan terribles que “ni el diablo se lo imagina”, y son tan complicadas a veces que ni un príncipe azul les satisface. Es vanidosilla, pero está en lo cierto: dios primero creó al hombre y para mejorar su obra creó luego a la mujer. Ella sabe lo complicado que es ser mujer: “no sabes si estás enojada, enamorada o poseída”. Clama porque las mujeres no sigan siendo utilizadas, pero les recuerda que no solo deben servir para criar hijos. Detesta el conformismo de las mujeres, empezando por el de su madre. Es defensora intransigente de las mujeres pero severa crítica del feminismo “No deseo que tengan poder sobre los hombres sino sobre sí mismo”.

Cuando está optimista echa a volar el sueño imposible de un mundo con más bibliotecas que bancos; y recuerda que la ambición desbocada por el dinero lleva a la gente a pisotear a los demás. Se burla de la riqueza de los bolsillos “si hay pobreza en la cabeza”.  Censura a los medios por la permanente tergiversación de los hechos.  Espeta que el tolete de los policías es el instrumento para “abollar ideologías”. A ratos se siente tan agobiada del mundo que pide que alguien lo pare porque quiere bajarse. Qué directa es esta niña, prefiere que en vez de ofrecerle tanto amor, “dejen de joderle”.

Mafalda ni se ha muerto ni ha envejecido ni ha cambiado. Pero el mundo está más viejo, destruido, y la gente tampoco ha cambiado. Por eso, la nena precoz continúa criticando con esa cara cachetona que derrama ternura, censura con mordacidad a sus congéneres adultos. Y grita ante la estupidez, la injusticia y la corrupción: ¡Basta!



Mi perro Ogu es un tonto feliz

Ogu no sabe hablar pero se ha inventado su propio lenguaje para conseguir lo que quiere. Pone cara de tonto, me mira con sus ojos tristes y penetrantes, mete su cabezota  entre mis piernas.   Y suplica. Cuando le pongo su cuerda en el cuello para sacarle a pasear  enarbola su cola de palmera y me arrastra a tirones a la calle. Está ansioso por disfrutar de la noche recién inaugurada.                                                

Yo disfruto los paseos con mi perro, pero me sorprende y me conmueve esa manera extraña de encontrar la felicidad en medio de una simple caminata. Él se ha puesto feliz con el pedazo de cielo oscuro y los pocos metros de calle que le regala la noche.   Mira los árboles del parque y descubre idilios de pájaros cantores, paladea el aire y levanta la cabeza con dirección al cielo. Se pone  a coquetear con las estrellas porque se imaginaba que le guiñan los ojos y que en las nubes hay ángeles de nieve que también le sonríen.  Se da vuelta y me mira ya no con ojos tristes sino con ojos que destilan felicidad

Después de salir del parque intercambio un breve saludo con un amigo que aparece en la calle y el can comparte mi rauda sonrisa batiendo su cola. Al pasar por la iglesia del barrio nos tropezamos con las viejas que caminan presurosas por la calle Las Casas para alcanzar a la última misa dominical. Ogu se acerca a una señora, levanta su cabeza, le mira, se hacen amigos al paso, y, audaz como es, quiere entrar con ella al templo.   

-No Ogu, los perros no van a misa. Y los humanos tampoco. Ellos chismorrean, comentan, lucen sus trajes y perfumes. Y repiten los rezos y las salmodias del cura. Pero tú no sabes rezar, ni chismear.  

Calle abajo buscamos el camino de regreso a casa y dejamos atrás la silueta semi oscura de la iglesia coronada por una pequeña torre, mientras se oyen las últimas campanadas. Ha sido un paseo terriblemente corto. Pero Ogu regresa a su prisión de plata desbordante de contento, aspira el aire fragante de las madreselvas del jardín y me lanza un cabezazo torpe pero agradecido recordándome que la vida camina por las calles pero también nos espera en cada rincón de la casa que compartimos él, mi familia y yo.                                                                                                                                               

-Que forma tan tonta de ser feliz, Ogu.                                                              Él me mira con una mezcla de alegría y de tristeza y me replica que a la felicidad la tengo amarrada en el jardín. Yo vuelvo a refugiarme en mi soledad, pero siento que la escapada de esta noche me ha reencontrado con la vida. Y que los ojos de mi perro se han metido en mi cerebro para recalcarme que la felicidad está escondida en cualquier sitio de la casa, colgada de los árboles del parque, sentada en las esquinas,  entre la tierra y el cielo, o tal vez en las paredes con olor a incienso de las iglesias que  reparten nueva vida a las viejas que acuden a la misa del domingo.  

Avión de junio

Un micro avión

con alas de gasa

cae del aire,

no cae

se da vueltas

con zumbidos que edifican la mañana,

planea sobre pista

de sol y nieve,

la pista abre su cuerpo

sonríe espera,

el avión le roza con la lengua

recital de violines y del viento

calle de honor del viento,

corta el avión el zumbido

abraza a la flor recién amanecida,

abeja y  gladiolo

se funden felices locos.

Estalla la vida

pintando romances

de verano

en el jardín.       

No entiendo la palabra padre

No me pertenecen mis hijos, porque apenas les di un poco de mi sangre y una parte de mi vida. Y no supe entrar en sus mundos, no supe oír sus preguntas, no supe darles sonrisas, no supe contarles sus cuentos, ni compartir sus juegos.   

No  me pertenecen porque ellos vienen de tormentas de amor, de explosiones de estrellas amantes y lejanas, de caminos que se pierden en constelaciones de ternuras, de raíces que se hunden en mares  apasionados. Y yo no he terminado de aprender a conjugar el verbo amar.

No me pertenecen porque me atreví a tomar sus vidas sabiendo que no eran mías.  Me atreví a  diseñar sus pensamientos, a modelar sus cuerpos y edificar sus almas. Y les dibujé castillos y palacios intentando atraparlos pero ellos se han ido sin remedio.

No me pertenecen porque no pude detenerles ni descifrar los caminos que les conducen a sus mundos y a sus sueños. Y yo me he quedado con distancias no andadas, con abrazos congelados, con besos entrecortados, con ternuras no expresadas, con palabras no dichas, con silencios estallados.       

No me pertenecen mis hijos porque no me alcanzó el tiempo para tenerles, ni la vida para amarles.

No me pertenecen mis hijos porque les inventé la palabra padre pero nunca la entendí. Y no la entiendo todavía.

Piazzolla, Adiós Nonino, dedicada a su padre muerto