
Cuando murió en Libia el coronel Muamar Gadafi, a manos de los rebeldes, los insurrectos danzaban alrededor de su cadáver mientas los pobladores disparaban al aire celebrando el fin del dictador. En la ciudad de Guayaquil se replica la danza con otras dimensiones: tras la muerte del prefecto del Guayas sujetos inescrupulosos bailan sobre su cadáver tratando de utilizarlo con fines inconfesables.
Arrinconado por las investigaciones de la Fiscalía para determinar su participación en el presunto delito de tráfico de influencias y peculado en la compra de insumos médicos y por el proceso de destitución iniciado por el Consejo provincial del Guayas el prefecto Carlos Luis Morales murió de un infarto el lunes 22 de junio. La Fiscalía había dispuesto la detención de Morales en base a los indicios “respecto de la materialidad y de la participación de los investigados” encabezados por él.
La muerte de Morales permitirá que sea declarado inocente dentro del proceso al extinguirse la acción penal. El Prefecto, ya no será parte procesal, pero la causa continuará hasta establecer responsabilidades en contra de dos de su hijos, Sandra Arcos viuda de Morales, que hoy están prófugos, y de otros procesados que son investigados por la Fiscalía en la adjudicación de contratos de la Prefectura durante la emergencia sanitaria.
Jurídicamente el prefecto será declarado inocente puesto que ningún grado de responsabilidad penal se ha podido establecer hasta el día de su muerte. ¿Conseguirán borrar las manchas que ensucian a un hombre que se ha ido de pronto sin aclarar las sospechas e irregularidades que pesaban sobre él?
¿Quién mató a Morales, los periodistas, la Fiscalía, o los dos? Activistas del correísmo se han atrevido a insinuar que los medios de comunicación tienen responsabilidad en la muerte del prefecto, mientras el abogado del fallecido, Carlos Sánchez, y algunos familiares han asumido actitudes parecidas al manifestar que el grillete que llevaba Morales (por pedido de la Fiscalía) no permitió aplicarle el electroshock que habría podido salvarle la vida. Las insinuaciones de los correístas no son simples liviandades, esconden propósitos malévolos que pretenden utilizar con cinismo el cadáver del prefecto para continuar desprestigiando a la Fiscalía y la prensa. No es todo, ciertos políticos de derecha replican esas actitudes.
¿Para evitar que los cínicos le disparen nuevos ataques la prensa debió guardar las evidencias de irregularidades encontradas en la Prefectura del Guayas dentro de un silencio cómplice? ¿Y la Fiscalía debió abstenerse de acusar a Morales y a los otros involucrados?
Hace un año el ex presidente del Perú, Alan García Pérez, prefirió pegarse un tiro en la cabeza a ser detenido por la justicia que lo investigaba por sus vínculos con el caso de corrupción de la constructora brasileña Odebrecht. El político carismático que por su brillante oratoria fue electo diputado a los 31 años, a los 36 se convirtió en el presidente más joven de la historia de Perú y volvió al solio presidencial 16 años después, se horrorizó al pensar que terminaría pagando sus corruptelas en la cárcel y prefirió quitarse la vida con su propia mano.
Carlos Luis Morales, el futbolista estrella que hacía delirar al público cuando atajaba penales en uno de los equipos más grandes del país y en la selección del Ecuador, el comunicador exitoso que saltó después a la política y se convirtió en la primera autoridad de la provincia del Guayas también se dejó atrapar por la marea negra que desboca las ambiciones y termina hundiendo a los individuos en aguas fangosas. Y sucumbió. Su corazón no resistió el impacto de la vindicta pública que le apuntaba y el miedo de la prisión.
Morales está muerto y enterrado. Pero los muertos no mueren con su desaparición física. Sus acciones buenas y malas quedan flotando en los espacios donde desarrollaron su vida. Eso no lo borra ley alguna. La justicia inmanente no permite que los actos inmorales se escondan y se entierren.
No hay crimen sin castigo. Los culpables terminan arrancándose la vida, haciendo estallar la existencia, o cargando virus que les corroen la conciencia. La repentina muerte del prefecto Carlos Luis Morales no es una tragedia. Es un aviso para los inmorales que continúan asaltando los bienes públicos, se burlan de la justicia y buscan el escondite de la impunidad.
¿Qué prefieren, señores corruptos, pagar sus culpas en una cárcel física o permanecer atrapados por el resto de su vida en la prisión miserable de su conciencia?





















