
Comienzo a escribir esta crónica el domingo 27 de marzo cuando la mayoría de ecuatorianos, están pegados a la pantalla del televisor, al internet o al móvil para escuchar al papa Francisco. Rodeado del silencio que ha estallado en la plaza de San Pedro el anciano de la sotana blanca se dirige con paso torpe y lento al altar en donde realizará un ritual para dar la bendición “A la ciudad y al mundo”. El papa habla frente a la plaza vacía: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades… Nos encontramos asustados y perdidos”. Invita a reflexionar sobre la fraternidad, a abandonar la codicia y a escuchar a los pobres y los enfermos. Y mientras el pontífice busca reconfortar al mundo con sus reflexiones en Ecuador el virus se desborda y estalla la angustia.
La gente está desconcertada. Esta crisis sanitaria es inédita en el Ecuador. Nadie sabe si los muertos se llegarán a contar por decenas de miles o centenas de miles. La economía enferma que heredó al país el gobierno anterior, agravada por los bajos precios del petróleo, principal fuente de ingresos del Estado, está en terapia. Si añadimos a esto la paralización de las actividades públicas y privadas, la insuficiente infraestructura hospitalaria del país y los requerimientos, cada día más exigentes de la crisis sanitaria, tenemos al frente un cuadro dramático. Los muertos se cuentan por decenas y los infectados superan el millar. El virus tiene acorralada a la provincia del Guayas que no sabe cómo enterrar a sus muertos hasta que las autoridades locales han tomado la decisión insólita de abrir una fosa común. El gobierno bucea sin escafandra buscando soluciones, se debate solo y no se decide a pedir la ayuda de quienes están obligados a hacerlo y esperan un liderazgo firme para concertar acciones. Y detrás de todo esto maestros del cinismo y la mentira que conspiran en las sombras, parapetados en las redes sociales, contra el orden y la paz del país desacreditando autoridades, agitando el regionalismo, asustando a la población y alentando el caos en mitad del agobio que genera la pandemia.
Diario de un jubilado arrinconado por el virus
Obligados por las normas dictadas por el gobierno hombres y mujeres de la tercera edad estamos encarcelados en nuestras casas. Es como la prisión que encierra en su vivienda a los ancianos que han violado las leyes, solo que nosotros no tenemos delitos que pagar. Como todos, yo añoro la libertad para salir a encontrarme con la vida que se derrama en los parques, en las casas de familiares y amigos, en las calles donde la gente camina con libertad, en las tiendas y restaurants. Mi cárcel no tiene el aire sombrío de los lugares que hacinan a los transgresores de la ley. Es una vivienda amplia, bordeada de madreselvas, hortensias y otras plantas de jardín que respiran junto a mi mujer y a mi perro con quienes comparto el regalo de la vida y las limitaciones de la pandemia. Nuestra rutina de coronavirus es muy simple: despertarse a cualquier hora, no más tarde de las 8; preparar el desayuno con mi esposa; compartirle al perro la primera comida del día y darle sus medicinas, pues, también él tiene bastantes años, puesto que los suyos se deben multiplicar por siete; caminar y realizar ejercicios, junto al animal de compañía que tampoco puede salir a la calle y ahora se ejercita con nosotros; hacer esas cosas que se practican en medio del sol matinal. Cuando la tarde ha entrado almorzamos sin prisa, revisamos por internet las noticias de los diarios que rebosan de coronavirus. Y cuando abrimos el teléfono móvil recibimos el disparo incesante de las mentiras y mensajes diversos que dan la vuelta por todos los lados a través de las redes sociales. Una cena frugal y una película de Netflix completan la rutina diaria de la pareja de adultos mayores confinados en su cárcel privada que han aceptado las restricciones que impone la crisis y han cerrado el paso a las ansiedades.
La casa, que está ubicada en un barrio pequeño del centro norte da la ciudad, se asienta debajo del Pichincha. El macizo volcánico está rodeado generalmente de pocas nubes blancas y pocas veces de nubarrones grises que presagian lluvia en horas de la tarde. Desde la terraza de la vivienda se puede observar al oeste y a los costados norte y sur los perfiles de los otros volcanes que custodian a la ciudad. Y también el cielo azul añil de Quito que durante estos días de encierro se muestra más limpio, con menos smog del que le manchaba antes de que aparezca la pandemia. Hay más pájaros en el parque que está al frente de la vivienda. Y el jardín recibe diariamente la visita de gorriones traviesos que vienen a robarse el gua del plato del can. Él los mira y se abstiene de perseguirlos hasta matarlos, como lo hacía en su juventud. El parque que se encuentra frente de la casa luce abandonado, los vecinos que solían llegar con sus hijos para divertirse en las canchas y en los juegos infantiles han desaparecido. En las redes sociales algunos adjuntan fotos de un ave parecida a un cóndor que se habría posado en algún edificio de la ciudad para visitar a los quiteños, pero el ave de la foto no presenta el garboso plantaje de la emblemática ave andina sino la figura de un gavilán u otra ave de rapiña. También incluyen fotos de osos que supuestamente habrían descendido de la montaña para pasearse en la ciudad que ahora se muestra sin autos y con pocos transeúntes. Y otros –ingenuos o audaces- muestran fotos trucadas de nubes blancas con la figura de un hombre barbado que tiene cierta apariencia con Jesucristo. El encierro forzado calienta la imaginación e inventa novelerías inverosímiles.
Breve cronología de la crisis
El domingo, 29 de marzo, como todos los días, la gente busca en los medios la infaltable noticia del día: Hasta la mañana de hoy el Ecuador registra 1.890 casos de contagiados confirmados y 57 personas fallecidas. Hoy, el Ecuador está de celebración: el 29 de febrero pasado la autoridad sanitaria informaba el primer caso del brote de coronavirus y presentaba al personaje que encabeza la historia que nos mantiene arrinconados: una mujer de 71 años que había llegado de la ciudad de Madrid, “sin síntomas”, el 14 de febrero, y habría tenido contacto con unas 80 personas en las ciudades de Guayaquil y Babahoyo. Un epidemiólogo ha precisado que la mujer “estuvo varios días en la casa de sus familiares, asistiendo a reuniones sociales, donde infectó a otras personas, incluida su hermana…” Las dos fallecieron pocas semanas después a causa del coronavirus.
Desde hace un mes esta crónica la viene escribiendo el gobierno. El epidemiólogo asevera que las autoridades no han controlado a la viajera que llegó de Madrid después de su arribo. Autoridades sanitarias lo contradicen asegurado que se estableció un cerco epidemiológico de casi 180 personas con las que la mujer contagiada habría tenido contacto. Y precisan también que “personas que tenían la infección no han cumplido con las normas impuestas y han ayudado a propagar el mal”. La crisis continúa. Y aparecen los primeros contagiados sin que se hayan dictado medidas de control efectivas. El Gobierno de Lenín Moreno resuelve entonces declarar la emergencia sanitaria por 60 días, suspender las clases de forma indefinida, cancelar eventos públicos masivos con más de 250 personas, reforzar los controles a viajeros.
La peste empieza a desbordar, aumenta el número de infectados y los contagiados comienzan a morir. Lenín Moreno decreta el estado de excepción en todo el territorio ecuatoriano estableciendo un toque de queda; restricción de la circulación de personas y de vehículos; cierre de los servicios públicos, con excepción de los de salud, seguridad, riesgos, además de las industrias de alimentación y de servicios básicos; suspensión del transporte interprovincial, de los vuelos domésticos y la circulación de vehículos particulares. Pero el virus avanza incontenible en especial en la provincia del Guayas que aglutina el 75% de casos de contagios. La provincia costeña sigue desacatando las medidas, la Fiscalía reporta que 1.015 personas han infringido el toque de queda impuesto ante la pandemia. El presidente reacciona iracundo: «He dispuesto que se apliquen multas, sanciones y prisión a los infractores. Es un delito. Es terrorismo. Una o muchas vidas se van a perder por ese acto suyo de irresponsabilidad».
El gobierno no ha podido contener la desobediencia de los ciudadanos, y el Comité de Operaciones de Emergencias Nacional (COE) autoriza a las Fuerzas Armadas el manejo de la provincia del Guayas como una «zona de seguridad nacional». La zona especial de seguridad estará conformada por todos los cantones de la provincia del Guayas. Tampoco la participación de los militares ha podido controlar el desborde desacatos. El gobierno decide endurecer las medidas y extiende el toque de queda en todo el país de 14:00 a 05:00, estableciendo sanciones de multa y prisión.
Martes 31 de marzo, 17:00. El mes termina En Ecuador con 2 302 personas infectadas y 79 y muertos. Las cifras anunciadas por el COE confirman lo que señala una noticia publicada por BBC News Mundo en donde se manifiesta que “Ecuador tiene el mayor número de contagios y muertos per cápita de covid-19 en América Latina”. Brasil y Chile encabezan la lista pero sus territorios y número de habitantes son mayores que los de Ecuador. El imparable aumento de contagiados y fallecidos, giran alrededor de la conexión que el país mantiene con España y del factor sociocultural. A esto se añade que en el país no se han seguido con rigurosidad las medidas que se deben tomar para afrontar una emergencia de esta magnitud.
¿Cuánto tiempo más nos mantendrá encerrados la pandemia? El número de detenidos por desacatar las medidas dispuestas por las autoridades es incontrolable. El presidente insiste: “Quédate en casa”, pero su clamor se esfuma en el cielo de Guayaquil. El meme creado por el humor quiteño continúa rezando: “Bienaventurados los que andan paseando en la calle, ellos pronto verán al señor”.

















