Cuando llegamos a Sevilla la ciudad estaba todavía oscura y mojada por la reciente lluvia, pero la capital de Andalucía sabe domesticar el frío y el mal clima y se las arregla para lucir sus mujeres sensuales, sus guitarras que inundan de coplas el cielo, sus cantes impregnados de aires flamencos y gitanos, sus lunas festivas.
Desempacamos en un departamento rentado por Air B & B en el barrio de Triana, muy cerca del Guadalquivir, y al medio día nos instalamos en uno de los pequeños restaurantes asentados junto al margen oriental del río. Vamos almorzar aquí, a pocos metros del viejo puente de Triana, y mientras nos sirven de comer contemplamos la orilla del frente donde se asienta la Sevilla turística dominada por la Torre de Oro, la atalaya que construyeron los sevillanos para controlar el gran tráfico fluvial que desde hace centurias se movía cien kilómetros al sur, buscando el Atlántico. El Guadalquivir es el río más grande de España que nace al norte de España y desemboca en el puerto de Cádiz. El río luce manso, sosegado, quiere colaborar con los turistas que visitan la ciudad. El río Guayas de Ecuador es mucho más caudaloso en el puerto de Guayaquil, por eso los habitantes de esa ciudad lo llaman “río mar”, mientras los sevillanos dicen del Guadalquivir “el río que quiso ser mar”. Pero el Guadalquivir es un viejo con historias que contar, fue testigo de las costumbres de los romanos, cristianos y árabes que vivieron junto a sus riberas. Es río de marineros, cantaores y poetas. García Lorca, el célebre poeta granadino, también cantó a Sevilla y al Guadalquivir, junto a los románticos y pequeños ríos de su ciudad:
“Para los barcos de vela, / Sevilla tiene un camino; / por el agua de Granada / sólo reman los suspiros”.
Los turistas no pueden irse de Sevilla sin conocer el Real Alcázar, por eso hicimos larga fila para ingresar al impresionante complejo palaciego rodeado de murallas, testigo de la historia de la ciudad desde hace cerca de mil años. Construido por uno de los califas que en esos tiempos gobernaban Andalucía, el Real Alcázar, es junto con el Palacio de la Alhambra de Granada, uno de los grandes tesoros que dejó el arte islámico en España y está entre los más bellos conjuntos arquitectónicos de la península Ibérica.
Ya dentro del gran Alcázar, cámaras y celulares capturan decenas de fotos del Palacio Mudéjar y el Patio de las Doncellas, que exhiben arcos de herradura lobulados que se sostienen sobre columnas y capiteles de mármol. En el Palacio Gótico admiramos la Sala de las Bóvedas, decorada con toques renacentistas, y nos deleitamos con los tapices flamencos del Salón de Tapices. Al llegar a los inmensos jardines de este palacio rodeados de galerías, pabellones, albercas y estanques como el Estanque de Mercurio en donde se destaca una pequeña estatua de ese dios romano, respiramos un aire limpio que nos alienta a continuar el largo recorrido. El Alcázar nos exige un recorrido extenuante pero plácido y sorprendente que nos permite recrear los sentidos y palpar la fastuosidad y el derroche que rodearon a los reyes y príncipes que se sentían dueños del mundo hace muchos siglos.
Los sevillanos se ufanan de tener la catedral gótica cristiana con mayor superficie del mundo. Con cinco naves e infinidad de portadas, este templo fue construido junto a la emblemática Giralda, una torre campanario con más de cien metros de altura. La arquitectura de la torre no es de factura cristiana como las torres de muchas catedrales, fue construida por los árabes con características semejantes a las mezquitas marroquíes y sobre la parte superior se montó después un campanario cristiano de tipo renacentista. El templo es grande, imponente. El gótico se desparrama por todos los costados, el interior de la iglesia está inundado de estatuas y pinturas de vírgenes y santos. En el centro se ha instalado un inmenso órgano tubular y a un costado la tumba de Cristóbal Colón que descansa sobre los hombros de cuatro clérigos vestidos con trajes rituales. La catedral es un conjunto impresionante de columnas, bóvedas y altares iluminados con grandes vitrales. Terminada la visita a la famosa catedral el paisaje se pinta de amarillo y verde en el Patio de los Naranjos, un antiguo patio árabe sembrado de naranjos con una fuente situada en el centro de la plaza.
Al siguiente día una brisa tibia nos recibe en la Plaza de España, conjunto arquitectónico encuadrado en el Parque de María Luisa que para los sevillanos es el edificio más grande de la arquitectura regionalista andaluza. Es una plaza enorme de forma semi-elíptica con bancas instaladas alrededor de las piletas que permiten contemplar el gran canal que bordea la plataforma de piedra y sus puentes. Parejas de enamorados, abrazados y sonrientes se sacan fotos y selfis con el fondo del edificio central, una construcción muy larga rematada por torres en los extremos.
Qué fascinante y seductor es el aire que se respira en Sevilla, ciudad mora y cristiana, cuna de las artes vocales y escénicas, asiento del arte taurino, cálida y sensual. La frivolidad se disemina por calles y plazas, pero está también en bares, restaurants y en los tablados flamencos.
Mientras degustamos deliciosas tapas en Triana un grupo de mujeres de la tercera edad acompañadas de dos guitarras flamencas nos regalan coplas sevillanas, de esas que la gente ha tarareado desde siempre. Con afinación y ritmo cantan y bailan sevillanas que hablan de su barrio, su ciudad y su río:
“Sevilla es Triana / y el Guadalquivir / Sevilla es la tierra / donde yo nací. / Sevilla es mi cante / Sevilla es mi flor / Sevilla es mi baile / Sevilla es mi amor.”
En la capital de Andalucía el tiempo no existe, se evapora sin sentirlo. La última noche tiene sabor flamenco. Mientras esperamos a los artistas en el tablado nos despedimos del Guadalquivir, mirándonos y retratándonos en la laguna en donde reposa el río, junto al local de las presentaciones. Los bailarines dibujan cascabeles en el aire y los sones de la guitarra española invaden los sentidos con ese toque sensual que ha recorrido por siglos el mundo.
La noche sevillana es dulce y cálida con coplas que se desparraman por las calles a la romántica luz de las farolas, huele a jazmines, sabe a tapas y a vino fresco, sabe a despedida. Y se queda en la sangre y los sentidos en forma de postales que perdurarán por mucho tiempo.
Condensado de Crónicas de Viaje, Archivo Voltaire