Cacuango y Nenquimo, lideresas ejemplares.                             

Al examinar los nombres de Dolores Cacuango y Nemonto Nenquimo surge  la esperanza de que no todo está perdido en el país del caos y la violencia. Quizá necesitamos aprender las lecciones de estas 2 lideresas que desde el páramo y la selva nos han enseñado a amar a su tierra y a su pueblo con pasión y trabajo constante.              

Hija de huasipungueros, la pequeña Dolores trabajó en su niñez y adolescencia  sin remuneración alguna y nunca pudo ir a la escuela. Se casó muy joven y vivía en una pequeña choza cultivando la tierra. Parió 9 hijos de los cuales 8 murieron por causa de la desnutrición y las enfermedades intestinales.                                                    

Su rebeldía empezó el día que descubrió que los terratenientes querían mantener a los indios en la ignorancia para someterlos y oprimirlos. Ella no bajó la cabeza. Aprendió a leer y escribir por su cuenta y se empeñó en una lucha sin tregua por los derechos de la población indígena.

Cacuango asumió el liderazgo de su pueblo con tenacidad  y valor. Con mensajes apasionados y duro trabajo convocaba a su pueblo a la lucha constante y a la movilización por sus reivindicaciones. Lideró la entrada de 10.000 indígenas a Quito para exigir la aprobación de la Ley de Reforma Agraria, en su constante pelea por la educación fundó las primeras escuelas bilingües (quichua-español) y creó después la Federación Ecuatoriana de Indígenas (FEI), primera organización indígena en el Ecuador. 

La indígena pobre e ignorante de la serranía, que nació en 1881 y murió en 1971, no quiso resignarse a la servidumbre y tampoco se embarcó en lamentos o se sentó a esperar la ayuda del Estado porque sabía que nunca llegaría. Trabajó y luchó hasta que la enfermedad le postró en una cama y murió a los 89 años.           

Hasta  los años cincuentas del s. XX los indígenas de la tribu Waorani vivían en la selva amazónica aislados del mundo exterior. En la actualidad ellos se han convertido en los guardianes resueltos a impedir el ingreso de las empresas que llegan a la región oriental en busca de petróleo.            

Nemonto Nenquimo creció en una pequeña comunidad de esa etnia, situada a dos días de caminata de la ciudad del Puyo, capital de la provincia de Pastaza. Aún recuerda su casa de forma triangular construida con troncos y palmas en donde aprendió a amar su selva y su lengua hasta convertirse en tenaz defensora de los derechos de las nacionalidades indígenas amazónicas.                  

Cargando a su pequeña hija de 5 años Nemonto acudía a las marchas, las asambleas y las audiencias. En lucha larga y difícil tuvo que enfrentarse incluso a activistas y líderes indígenas de su comunidad. A todos les respondía con la misma firmeza e igual sonrisa.     

Por la victoria legal que alcanzó para evitar la explotación de pozos petroleros de la Amazonía  recibió en 2020 el premio Goldman, el mayor reconocimiento ambiental que se entrega a nivel mundial. La revista Time la reconoció como una de las 100 personas más influyentes del mundo y la BBC la incluyó en la lista de las 100 mujeres inspiradoras del mundo.                  

El liderazgo de Nemonto le ha llevado a visitar diversas ciudades del planeta. Pero ella sigue apegada a su “querida selva” que ha sido oxígeno, terapia, e inspiración. A sus 37 años Nemonto Nenquimo sabe que su lucha apenas ha comenzado.

El Ecuador debe reconocer los aportes de estas 2 valerosas mujeres y de otros de líderes indígenas, que desde sus modestas posiciones contribuyen a construir democracia y consolidar los valores de la patria. Y debe luchar para que se destierre la impunidad y se impongan sanciones ejemplarizadoras a los líderes que durante los últimos levantamientos han humillado al país y han sustituido la paz por la violencia, el amor por el odio, el trabajo honrado por los reclamos vandálicos.       

 

 

Héroes: de Daquilema a Taita Ushca                                            

La historia de los pueblos indígenas del Ecuador, al igual que la de los otros países de América, está llena de héroes y antihéroes. Antihéroes como los protagonistas del último levantamiento indígena y héroes como Fernando Daquilema, el líder de la etnia Puruhá que entregó la vida para salvar a su pueblo de la opresión que lo asfixiaba hace 150 años; o como Baltazar Uscha, “el último hielero del Chimborazo” que ha vivido escondido en los gélidos páramos de la provincia de Chimborazo.      

En el Ecuador de 1870, regido por la “Constitución negra” impulsada por el presidente García Moreno, la trilogía gobierno, Iglesia y terratenientes había institucionalizado la opresión, el despotismo y la explotación. La carga más dura arrastraban los indios. Ellos debían trabajar para el Estado de manera gratuita 2 días por semana, pagar el denominado diezmo para la iglesia, además de otros impuestos, o convertirse en esclavos de los latifundistas.        

El descontento popular explotó en diciembre de 1871 cuando los indígenas de las comunidades de Cacha mataron a un “diezmero”, Daquilema se tomó los centros poblados de Yaruquíes y Cajabamba y la indígena Manuela León la población de Punín.         

Fernando Daquilema Guamán fue elegido jefe de la insurreción. Con un ejército compuesto por 500 unidades de caballería y miles de indios armados de piedras, palos, hondas y garrochas el joven líder de 23 años enfrentó a las milicias del gobierno en una lucha desigual. La represión fue violenta y cruel, miles de indígenas cayeron presos y muchos fueron asesinados. El miedo llevó a los cabecillas presos a solicitar el indulto con la promesa de deponer el levantamiento.

Traicionado y solo Daquilema enfrentó la derrota con valor y dignidad. Después que se entregó a las tropas garcianas lo llevaron a la cárcel atado de pies y manos. Condenado al fusilamiento fue ejecutado en la mañana del 8 de abril de 1872. El líder chimboracense se ha convertido en inspiración y paradigma de las rebeliones indígenas.       

La historia contemporánea no registra actos heroicos como éste que ocurrió hace un siglo y medio. Pero atestigua ejemplos de vida y dignidad de héroes ignotos como Baltazar Uscha el humilde cortador de hielo que permaneció inadvertido hasta que los “mass media” lo descubrieron.                           

El Taita Baltazar no ha enfrentado la represión de otros hermanos de su raza, nada heroico ha hecho en sus 78 años de vida. Solo madrugar 2 días por semana para escalar el nevado más alto del Ecuador, cortar bloques de hielo de los glaciares y venderlo en los mercados de Riobamba.                                            

El minúsculo hombre de 1,50 m. de alto, manos gruesas, dientes amarillentos, piel curtida por el sol, el frío y la lluvia compartía su trabajo con sus hermanos y otros minadores de hielo. Ellos tomaron después otros rumbos y Baltazar ha seguido visitando los glaciares junto a sus 2 burros que cargaban los trozos de hielo envueltos en paja para bajarlos de la montaña.        

La rutina de Baltazar empezaba muy de madrugada junto a María Lorenza, su mujer, que le servía la sopa de papa que le ayudaría a enfrentar el frío del páramo y los rigores de las largas caminatas. Antes de salir a su trabajo el hielero agradecía a la montaña sagrada pidiéndole que lo proteja, le dé fuerzas para trabajar, y le deje volver sano y salvo: “Dios solo pay taita Chimborazo”.                                                      

Además de los fieles asnos Baltazar ha compartido su vida con las chuquiraguas del cerro, los andinistas que subían a la cumbre del volcán apagado y los clientes que han comprado sus bloques de hielo en los mercados de la ciudad.     

Hace 2 años Baltazar Uscha recibió un doctorado honoris causa del Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia y su vida fue proyectada al mundo a través de un documental producido por dos realizadores ucranianos que lo difundieron en un canal de youtube, y por medio de un documental presentado en el “Tribeca Film Festival” en New York.         

El hielero quizá no lo ha entendido pero su vida ha tomado otro rumbo, aunque su humildad sigue intacta. Él se siente feliz, sonríe y agrade: “Dios solo pay taita Chimborazo».

El Ecuador del s. XXI pide a la montaña mayor que los ejemplos de estos 2 valerosos chimboracenses iluminen a sus compatriotas indígenas y mestizos para el cabal cumplimiento de sus deberes con la patria.            

Iza, ¿héroe o bandido?     

¿Cómo pasará a la historia el líder del pueblo indígena que volvió a convulsionar el país con la violencia criminal, como el héroe que enardeció a un millón de indígenas o el villano que colmó la paciencia de 16 millones de ecuatorianos?     

Sus hermanos de raza están convencidos de que Iza es un elegido que ha emprendido la lucha para redimirlos de la marginación y el abandono. El hombre que enfrentó al gobierno durante 18 días, atemorizó a la gente de las ciudades y del campo e impuso su liderazgo sobre la autoridad del presidente de la república, ha logrado persuadirlos de que su lucha tenaz solo culminará con la victoria.  

Para el pueblo indígena, que con el lloriqueo de 500 años ha culpado a los blancos y los mestizos de ser los responsables de la marginación que les ha oprimido, el líder del poncho y el sombrero no es el mangoneador que utiliza la pobreza y la miseria de ellos para implantar su ideología, si no el protector de sus territorios y nacionalidades. Así lo evidenciaron a través de las ovaciones que prodigaron al reivindicador no bien terminado el levantamiento.     

Para los ecuatorianos que soportamos durante 3 semanas la violencia y el terror de los vándalos que intimidaron a los ciudadanos que caminaban por la calle, dejaron sin alimentos a centros urbanos, impidieron el paso de las ambulancias y atentaron contra la vida de los enfermos, envenenaron el agua potable de una ciudad, saquearon mercados, incendiaron patrulleros y dispararon a la policía con armas artesanales, emboscaron y asesinaron militares, el líder que ha comandado esos y otros actos de barbarie es un vulgar bandido que ha fracturado la paz de la nación, se ha burlado del estado de derecho y ha trapeado el piso con la democracia degenerando la legitimidad de la protesta social.     

El líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador –Conaie-, Leonidas Iza, planificó los ataques, amenazó, desafió, mintió, convulsionó. No consiguió el trofeo que buscaba pero ha anunciado que insistirá hasta alcanzarlo.  

Héroe o villano, ¿qué le calza mejor al temerario que se ha lanzado a una aventura golpista rodeado de narco políticos, narco terroristas y delincuentes sicóticos  que buscan impunidad para sus delitos y están dispuestos a intimidar y aniquilar para conseguir sus fines nefastos?    

Detrás del poncho, el sombrero y la cara fría ya se advierten las intencionalidades del personaje. No se descarta que él u otro dirigente sigan utilizando al pueblo indígena para someter al país con el terrorismo y la violencia. O que el líder del sombrero  insista en su proyecto político anarquista con la complicidad de los enmascarados que están detrás de él. O que archive los sueños de “Estallido” para buscar el poder por la vía de la democracia en la que no cree y que tanto odia.

En las repúblicas bananeras donde la política es el arte de engañar nada sorprende y todo vale.

Los indígenas: ¿víctimas o delincuentes?                                    

Cuando los conquistadores españoles, hace 500 años, avanzaban a Quito para tomar posesión de la capital del reino de Quito, el general Rumiñahui ordenó incendiar la ciudad aborigen. Prefirió dejarla en ruinas humeantes antes que entregarla a los invasores que venían ávidos del oro y las riquezas que esperaban encontrar.  

El primer héroe aborigen del Ecuador ha pasado a la historia como ejemplo de coraje, rebeldía y honor por la tenaz resistencia que presentó a los conquistadores-usurpadores.   

La resistencia indígena ha sido una constante en la historia del Ecuador durante la conquista y las demás etapas de la vida de la nación. Los despojos de tierras, maltratos físicos y abusos de los terratenientes están entre las causas ancestrales que les han llevado a los indígenas a protagonizar constantes enfrentamientos con el Estado y la sociedad.       

Los pobladores del agro son los más pobres del Ecuador de hoy. El abandono, la discriminación, las dificultades para acceder a la salud, la educación y a servicios básicos como el agua y el alcantarillado los mantienen en esa condición.                       

No sólo es el abandono del Estado. Desde siempre los mestizos han mantenido un trato discriminatorio con los indígenas por su color, sus apellidos, sus costumbres, su vestimenta. Tradicionalmente han usado la palabra indio como insulto y el indio de mierda es una exclamación de uso frecuente.                          

Los propios compañeros y los dirigentes son los primeros que desprecian y abusan de estos ecuatorianos marginados del poder. A la cabeza de las víctimas que ha generado la sublevación, que afecta al país por tercera semana consecutiva, están los ignorantes y humildes comuneros, en especial los niños y las mujeres que  enfrentan cada día el hambre y otras penurias, y  los que se han obligado a participar en los tumultos callejeros para evitar las multas y los castigos que imponen los dirigentes a los que no acatan sus imposiciones. 

El actual líder de la Conaie, con la autoridad de su poncho rojo y su infaltable sombrero, ha lanzado a la población indígena a las carreteras y a las calles de las ciudades para vociferar y agredir a la gente. Con su discurso incendiario ha logrado inocularles odio y rencor en contra de los demás ecuatorianos a los que consideran sus enemigos.     

Como lo hicieron tres años atrás los indígenas han llegado a Quito para someterla a sangre y fuego y dejar en sus calles cenizas humeantes. Quizá no han logrado consumar del todo sus propósitos bárbaros pero han conseguido ensuciar el cielo azul de la capital de todos con el miedo y el terror.                                   

Los 17 millones de ecuatorianos compartimos con los hermanos indígenas la sangre de nuestros antepasados aborígenes. Pero no podemos considerarlo hermano a quien ha venido a declarar  una guerra sucia, a secuestrar el estado de derecho e instalar un estado de facto para imponer su tenebroso proyecto político con el pretexto de reivindicar los derechos del pueblo indígena.

Violento, prepotente y audaz, el jefe indio del sombrerito y el poncho ha sometido al gobierno; ha vejado a la mayoría de los ecuatorianos; ha humillado y avergonzado a sus hermanos de raza. Él debe responder ante la justicia por los crímenes que ha cometido. Y debe responder ante su pueblo por haberlo manipulado, haberlo enseñado a odiar y haberlo llevado a la violencia y al delito.

La violencia acorrala al Ecuador                                       

Un indígena audaz se ha atrevido a darle 48 horas de plazo al presidente constitucional de la república para que acate sus pedidos impracticables con la amenaza de tomarse el palacio de gobierno y mandarle a la casa.              

El atrevido es el mismo que fue procesado por secuestro y terrorismo en las violentas protestas de octubre de 2019 y que meses después recibió el “perdón y olvido” de la Asamblea. Esa misma  Asamblea, en junio de 2022, se ha aliado al indígena para refrendar la impunidad que le permite continuar asaltando, agrediendo y caotizando a la nación.                 

Los indígenas de la Confederación de nacionalidades indígenas del Ecuador –Conaie- y otras organizaciones afines han convertido a las calles de Quito en zona de guerra. Con acciones salvajes y violentas que atentan contra los bienes del Estado, la propiedad privada, la vida y la integridad de las personas quieren llevar al país a la barbarie.              

La  invasión virulenta que se ha tomando las calles de varias ciudades y las principales vías del país es la plataforma que utiliza el inescrupuloso líder indígena para operar sus propósitos golpistas con la complicidad de la pandilla que lidera el ex presidente prófugo, los narco políticos y otros enemigos de la democracia. Mientras los indígenas aterrorizan a la población los “complotados” maniobran la conspiración.       

El invasor se burla del gobierno que pide diálogo y de las instituciones que ofrecen mediar, insiste que la condición para parar la rebelión es la aceptación de los 10 puntos que exige la Conaie. Eso es un embuste, los exaltados queman tiempo presentando nuevos pedidos  y nunca se sentarán  a dialogar. Ellos tienen un solo objetivo: botar al gobernante.

¿Y si el terrorista se sale con la suya y echa abajo al jefe de Estado? Pues nada, vendrá otro presidente que también será acosado por los maleantes que le quitarán el poder si no se arrodilla ante el invasor. Leonidas Iza (así se llama el vándalo que lidera a los indígenas) no estuvo contra Lenín Moreno, no está contra Guillermo Lasso ni estará contra otro presidente que venga después. Él está en contra de la democracia y de la ley. Se ha declarado enemigo de la paz.                            

El golpista se mofa de su investidura, presidente. Y utiliza las tribulaciones del pueblo indígena; el miedo, la incertidumbre y la angustia de los ecuatorianos para chantajearle a usted y alzarse con el poder. Es hora de ahogar la pesadilla del Comunismo indoamericano con el que suspira Iza en sus sueños de perro. Eso es irrealizable en el s. XXI pero el fanático trasnochado lo viene intentando y si no le frenan a tiempo seguirá insistiendo.     

Usted es el presidente de 17 millones de ecuatorianos, señor Lasso, y no puede permitir que un dirigente violento y audaz, que representa a 1.200.000 indígenas, pretenda ponernos de rodillas a usted y a la nación.                  

Los ecuatorianos hostigados por la violencia hemos salido a las calles para invocar la paz. Y esperamos su firmeza y su liderazgo, presidente. Usted no puede claudicar y no debe bajar la cabeza ante el invasor. Tiene la obligación de defender la integridad y la dignidad del pueblo ecuatoriano. Si ha dudado y se ha equivocado durante su primer año de gobierno, hoy no lo puede hacer. El Ecuador lo está observando. Y esperando. 

El balcón

Ven aquí esposa y compañera, sentémonos en el balcón recién remodelado de la casa que nos regala el paisaje de las montañas, la torre de la iglesia del barrio, el cielo limpio de la ciudad. Y nos deja ver los sueños, alegrías y penas que hemos acumulado durante tantos años.                                       

El balcón dibuja nuestras siluetas caminando por la estancia cada vez más grande de la casa. Y humedece tus ojos que quieren rescatar la algarabía de los hijos, que criamos pensando que nos pertenecían y que han volado a otros espacios, mientras tú y yo nos hemos quedado con los otoños, las arrugas, el cansancio. “Toda la vida construyendo una casa y cuando, por fin, la casa es nuestra no hay quien viva en ella”.        

Sí, la carga de los años es cada vez más pesada, nuestras capacidades  disminuyen y la fragilidad aumenta. Ahora somos más vulnerables, caminamos más lento, hacemos visitas más frecuentes al médico y estamos más solos. Pero hemos hecho un pacto con la soledad, sentimos que el amor no ha envejecido y no se ha arrugado el corazón.      

Basta de añoranzas. No hemos construido una casa de ladrillos, hemos levantado un hogar donde pueda habitar  sin tiempo el corazón. En el baúl de la familia guardaremos el pasado y dejaremos que la vida transcurra sin prisa con la serenidad que nos han dado los años transitados.                                 

En el balcón nos bañaremos de sol cada mañana y escucharemos las pisadas de la lluvia que viene a limpiar el aire y a regar las plantas que has sembrado en el jardín. Solo tenemos que asomarnos a esta pequeña terraza para sentir los árboles y los pájaros que traen aire fresco, y escuchar los pasos de los hijos que llegan así de pronto a la casa de los viejos para recrear el niño que aprendió a caminar bajo este cielo, entre las paredes blancas.    

¿No sientes en el balcón los ecos de la vida que baja del cielo y asciende de los patios y de la hierba que pueblan la casa? ¿No percibes el aroma de los hijos de los hijos que se van abriendo en  las flores que crecen en las macetas que están floreciendo?

Ven aquí, mujer. Medio cuerdo, medio loco te he dicho tantas tonterías. Dejemos  que el corazón se ocupe de los años que nos quedan por vivir y brindemos por la vida que hemos compartido. Nadie nos puede arrebatar la felicidad de haber amado, la satisfacción de haber caminado juntos y  la ventura de los hijos que nos ha regalado la vida.                          

El perro de Diógenes El cínico                            

Los visitantes que llegaban a la antigua Corinto para visitar el monumento que los habitantes de esa ciudad griega habían levantado en honor a Diógenes “El cínico” se topaban con una columna sobre la que reposaba un perro. -Éste debió ser el perro de Diógenes. ¿Y el monumento dedicado al filósofo? Ese era el monumento construido para rememorar a Diógenes. El perro era él.

El comportamiento del filósofo, tal como el de su maestro Antístenes, fundador de la escuela cínica, se equiparaba al de un perro. Por eso el vulgo les apodaba con el nombre de kynikos o kyon que en griego significa perro. El pensador vivía en una tinaja, dormía en los pórticos, no utilizaba recipientes para comer o beber y no se avergonzaba de hacer sus necesidades ante el público o de masturbarse en el Ágora, uno de los lugares más concurridos de Atenas.

Diógenes de Sinope no estaba loco como creía la gente. Estaba hastiado de la sociedad hipócrita, corrompida y embrutecida por el dinero que le rodeaba y se lanzó a criticarla con dureza desde su polémica forma de vida. Detrás de sus actitudes “obscenas” y “subversivas” estaba su renuncia a los placeres y apetencias del cuerpo, el control de sus pasiones y la vida austera que se había impuesto a través de una rígida disciplina y la observancia de sólidos principios morales que los practicó hasta el día de su muerte.  

Nunca se inclinó ante la fama o el poder. Se cuenta que Alejandro Magno, asustado por la forma en que vivía el filósofo, le preguntó si podía hacer algo para ayudarle. «Sí, apartarte, que me estás tapando el Sol», le contestó. El gran emperador no se ofendió y le reiteró su admiración: «De no ser Alejandro, yo habría deseado ser Diógenes».                            

Mientras Diógenes tomaba parte en un banquete los invitados se burlaron de él lanzándole huesos y llamándole perro para agraviarle. Sin inmutarse él se levantó y les orinó encima como lo habría hecho un perro. Aceptó el improperio considerando que era un apodo adecuado para él. Vivía como un perro y se sentía libre como los perros vagabundos. Al advertir que estaba cerca el final de su vida les dijo a sus amigos «Cuando me muera, echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado».     

No existen documentos sobre la vida del sabio. Su pensamiento y las anécdotas que han llegado hasta nuestros días se han extraído de los textos escritos por Diógenes Laercio.   

El pobre y andrajoso Diógenes era un hombre feliz porque vivía de acuerdo a sus convicciones y principios. Era un perro callejero que imitaba la filosofía de aquellos animales que caminan libremente por el mundo sin cercas temporales o espaciales porque creen que la tierra es la casa de todos, comen lo que encuentran al paso y solo buscan un lugar que les cubra de las inclemencias del tiempo para dormir.

El perro de Sinope y los canes vagabundos eran uno para el otro. Con sus narices afinadas los perros sabían identificar a las buenas personas y huían de la gente mala. Por eso se apegaban al humilde sabio con el que compartían el afecto, la comida, las calles, el paisaje y el desprecio de la sociedad.

Diógenes no llegó a expresar aquello que la tradición ha puesto en su boca: “Cuando más conozco a los hombres más amo a mi perro”. Pero repudiaba la impudicia, la falsedad y la soberbia de los humanos. Y amaba la vida simple y libre de los perros que se sentían felices de tenerlo todo sin poseer nada.

Día del niño: linda y vergonzosa celebración  

Hoy volvemos a desvariar con poetas y filósofos sobre la etapa más hermosa de nuestra vida donde nada necesitábamos para disfrutar y ser felices. Todo era comer, soñar y jugar.

Volvemos a vivir el mundo que lo sentíamos dulce y maravilloso en el suelo que pisábamos y compartíamos con los hermanos, los amigos y otras gentes. Añoramos el pequeño espacio donde éramos felices por el solo hecho de existir.               

Era el mundo de los cuentos de los abuelos que nos embarcaba en aventuras fantásticas y nos dejaba navegar en paraísos desconocidos.          

Los padres y las personas que nos rodeaban toleraban nuestros desatinos y nos enseñaban a crecer cultivando eso que llamaban solidaridad con los otros.                       

Sabíamos que la gente que nos rodeaba era buena y generosa como los personajes de las historias que nos contaban antes de dormir.      

Como todos los años el mundo occidental celebra hoy el Día del niño con discursos y promesas que esconden la realidad que nos avergüenza a todos y poco les importa a los gobernantes.   

La miseria, las enfermedades, el hambre, la desnutrición y la violencia acosan de manera salvaje a la población infantil: mil millones de niños sufren maltrato físico, sexual o psicológico mientras más de 8.500 niños mueren cada día por causa de la desnutrición y solo el 1 % de cada 5 niños desnutridos tiene acceso al tratamiento que podría salvar su vida.        

Lo peor: la violencia criminal. No hay quien detenga los golpes, maltratos, acosos y violaciones que se cometen cada minuto contra niños y adolescentes de los 2 sexos. El castigo físico y psicológico que hace 2 años afectaba al 75 por ciento de los niños y niñas menores de 4 años ha aumentado con el aislamiento social de la pandemia. En la mayoría de casos los actos de violencia son ejercidos por parte de familiares y personas cercanas a los infantes. 

Una sociedad endemoniada hunde a la humanidad llevando consigo a millones de víctimas inocentes a los que se les niega el disfrute de la vida como pudimos hacerlo las generaciones afortunadas que guardamos los días de la infancia en un rincón del corazón.

Carapaz el campeón de la testarudez                         

El ciclista ecuatoriano volvió a acariciar el cielo con las manos. Hoy triunfó por segunda vez en el Giro de Italia al lograr el segundo puesto en el podio junto al campeón australiano Jai Hindley. Grabó de nuevo su nombre en las rutas de Italia y se re posicionó como el mejor de su país y uno de los grandes ciclistas de Latinoamérica. Richard Carapaz dejó sudor y sangre en las rutas y ratificó su tenacidad. El Ecuador le agradece: “Gracias Richard”. “Eres grande”.              

Su historia se inició el día que los ladrones le arrebataron la bicicleta al pequeño Richard y en vez de llorar pidió a su padre que le armara una nueva bici con piezas de chatarra para seguir divirtiéndose con su juguete favorito. Y cuando los médicos le advirtieron que el accidente de tránsito, que le había demandado 8 cirugías, le impediría subirse a una bicicleta, Richie descubrió la virtud de la tenacidad que le conduciría al Olimpo.                   

Richard ama la competencia que le dio la primera gran corona de su carrera deportiva tres años atrás: “Para mí el Giro de Italia es el triunfo más grande que he podido lograr en mi vida” expresó entonces. No le bastó ese gran galardón y fue por el segundo.: “Es un gran reto para mí, he pensado mucho en eso…” dijo a los periodistas al empezar la carrera.       

Desde las primeras atapas el pedalista persiguió la “maglia” rosa hasta apropiarse de ella. La llevó por 6 etapas consecutivas convirtiéndose en el latinoamericano que ha liderado durante más días la clasificación general y habiendo acumulado un total de 14 camisetas.   

Con 4 podios, Carapaz es el único ciclista que ha subido al pedestal en las tres grandes competiciones del ciclismo internacional y ha atrapado el oro olímpico. A los 2 podios de Italia se suman el de la Vuelta a España 2020 y el del Tour de Francia 2021. Esos pedestales los consiguió con la actitud ganadora de los campeones que siempre lo ha acompañado. Y con la disciplina y el coraje que aprendió a cultivar en los lugares altos y fríos donde habitó buena parte de su vida.                   

El ciclista nació y creció en un pueblo con gentes de apariencia ingenua que no dan el brazo a torcer. Desconfiados y tercos los carchenses le heredaron esas cualidades y la voluntad de acero para batallar sin tregua por el triunfo. En las rutas que ha recorrido el campeón de la terquedad se ha acostumbrado a imponer su decisión por encima de las posiciones de sus competidores.

¿Es Carapaz el mejor deportista ecuatoriano de la historia? Al ciclista le resultará difícil competir con grandes figuras como el marchista Jefferson Pérez que logró 2 medallas olímpicas, el futbolista Alberto Spencer ganador de  tres copas libertadores y 2 copas intercontinentales, o los tenistas Andrés Gómez y Francisco Segura considerados número uno del planeta en sus disciplinas. El mejor, o uno de los mejores, Richard Carapaz ocupa lugar prominente en la historia del deporte ecuatoriano y continental. El país y la región se inspiran en sus victorias.    

Hace 3 años Richard trajo una bocanada de aire fresco a un país contaminado por 14 años de saqueos y corrupción. El deportista de los 4 podios en las grandes vueltas ciclistas del planeta y que consiguió el oro olímpico en Tokio 2021, sin ayuda del gobierno, ha logrado inyectar optimismo a los deportistas jóvenes de varias disciplinas que emulando su ejemplo han aprendido a pelear por el triunfo. Y sigue repartiendo ánimo en sus compatriotas para reconstruir su bello y estropeado país.     

Las heroínas olvidadas de la Batalla de Pichincha                       

Con la espada en la mano el héroe niño confronta al enemigo. Una bala le rompe el brazo derecho, otra bala le destroza el brazo izquierdo, una descarga de cañón le despedaza las piernas. Sin brazos y sin piernas el joven sostiene la espada con los dientes y en medio de un charco de sangre enfrente a la muerte y lanza el último grito: “Viva la patria”. Este relato alucinante escrito por un fabulador de la historia llegó a difundirse en el Ecuador republicano durante buena parte del s. XX.  

La desproporcionada narración logró inflamar el patriotismo de la población e indujo a concebir la Batalla del Pichincha, uno de los hitos fundamentales de nuestra historia, como un suceso sensiblero y desfigurado. Manuel J. Calle y otros autores que vinieron después de él se recrearon fabricando mitos insustanciales sin advertir que estaban marginando a figuras valerosas de la historia.                               

La gesta de Pichincha coronó de gloria a Bolívar y Sucre y les colocó en altos pedestales de la historia de América. La victoria alcanzada por el mariscal Sucre fue uno de los más grandes logros del libertador Simón Bolívar en su campaña para conseguir la independencia de las colonias españolas.                 

La historia registra también nombres como los de Andrés de Santa Cruz, Daniel Florencio O’Leary  y otros personajes, además de los 200 soldados que dieron su vida por la libertad, los 140 heridos que quedaron en el campo de batalla junto al teniente Abdón Calderón y varios oficiales jóvenes que estuvieron al frente de los 2900 combatientes.                 

Abdón Calderón Garaicoa, el “héroe niño” es  uno de los más notables personajes que pelearon en Pichincha. Sucre y Bolívar destacaron la valentía del adolescente de 18 años que fue ejemplo de valor para todos los combatientes y la historia ha reconocido su heroicidad. Envuelta en un halo mitológico, la figura de Calderón ocupó buena parte de la vida republicana y el mito se ha ido diluyendo en el tiempo. El joven no murió en el campo de batalla como dice la descripción de Calle. Falleció 14 días más tarde como consecuencia de las heridas que recibió en el combate.

¿Y las heroínas marginadas?  El patriotismo y la valentía de las mujeres que lucharon por los ideales libertarios no es un mito. Indígenas, negras, mestizas y criollas se sumaron al proceso de la libertad con pasión y valor. Sus nombres han sido injustamente relegados y excluidos.     

Manuela Sáenz, la primera prócer femenina del Ecuador fue una de las más comprometidas con la libertad de América. El 2 de agosto de 1810, tras el asesinato de los patriotas que se encontraban encarcelados en el Real Cuartel de Quito, la adolescente de 14 años resolvió unirse a la causa libertaria antes de conocer personalmente al libertador.  En la Batalla de Pichincha ayudó a rescatar y curar a los heridos, proporcionó vituallas a las tropas, prestó apoyo logístico y humanitario. Después combatió en las batallas de Junín y Ayacucho.     

Detrás de Manuela están los nombres de heroínas ignotas como la lojana Nicolasa Jurado, las pillareñas Inés Jiménez, Gertrudis Esparza, Rosa María Robalino y otras que tuvieron destacada participación en la gesta de Pichincha y se inscribieron para participar en las batallas con nombres de varones debido a que las autoridades militares habían prohibido a las mujeres formar parte de las tropas. Jurado peleó en Pichincha y recibió varias heridas de gravedad.  Esparza, Jiménez y Robalino, paisanas del general Rumiñahui, siguieron el ejemplo de la lojana y del héroe de la resistencia indígena.   

Triste conmemoración. 200 años después los próceres continúan arrinconados. El 24 de mayo los desvergonzados volverán a utilizar a los héroes y heroínas que nos dieron la libertad para ofender sus nombres y manchar la historia. El bicentenario de la Batalla de Pichincha nos sorprende combatiendo entre hijos del mismo pueblo, con la justicia corrompida, la  política prostituida por la codicia, el gobierno inoperante y las mafias controlando el Estado.