
Diciembre 13. El médico de perros revisa las placas de rayos X y juega con las imágenes que muestra el monitor del ecógrafo: “El vaso registra afecciones en los pulmones y el corazón: hay varios nódulos en el pulmón y en el ventrículo izquierdo y derecho del corazón. No se puede hacer mucho debido a la avanzada edad del enfermo”. Hoy empecé a vivir tu muerte, Ogu.
Diciembre 14. El perro es hospitalizado de urgencia para tratarle con oxígeno, suero y otros medicamentos. Los exámenes de sangre determinan linfopenia marcada, policitemia y emoncetración. La ecografía muestra una severa neumonía.
Diciembre 15. Más exámenes y ecografías: tiene metástasis en los nódulos del pulmón.
Diciembre 16. El médico de perros se va de viaje, deja indicaciones para el tratamiento. El enfermo se niega a beber y a comer. Vomita lo poco que ha ingerido, también el agua. Al caer la noche lo sacamos al jardín para que haga sus necesidades biológicas. No puede incorporarse. Intento atenuar su quebranto con Mozart, Vivaldi, Dvorak. El paciente levanta ligeramente la cabeza para escucharlos; los arpegios que acarician su cara, físicamente demacrada por la agresividad del cáncer, se mezclan con su tierna sonrisa.
Diciembre 17, 11:51. Ogu se queda apaciblemente dormido envuelto en su eterna expresión de niño bueno. ¿Qué es la vida. Qué es la muerte? Nunca lo supe. Hoy menos que nunca. La cálida energía de él se ha impregnado en las paredes de la casa y en el jardín. La fría noche quiteña y la lluvia se han desvanecido.
Ogu descansa en la tumba recién abierta, junto a la tumba de su madre, en el jardín.










