
Has traído muerte, dolor, hambre, desolación, desesperación pero no te voy a llamar año maldito, 2020. Tampoco te voy a quemar como lo hacíamos antaño en el Ecuador con los muñecos de aserrín. Es estúpido decirlo, pero no deseo que te vayas porque temo la llegada del 2021.
Nos tomaste distraídos. Hace un año estábamos ensimismados en despedir al año viejo comiendo, bebiendo, danzando, jolgoreando, lanzando al fuego que consumía a los monigotes los infortunios y fracasos acumulados y las mochilas llenas de culpas y olvidos, hasta terminar con resacas agobiantes y bolsillos agujereados por los desenfrenos.
Mientras el mundo se divertía en las fiestas de fin de año, el 31 de diciembre en la ciudad china de Wuhan, se alertaba sobre la aparición de un extraño virus que afecta las vías respiratorias. Y los agoreros de desastres alarmaban que 2020 sería un año de mala suerte, por eso de “año bisiesto, año siniestro”, recordando tragedias históricas como el hundimiento del transatlántico Titanic, en 1912; el comienzo de la dictadura militar argentina, encabezada por Jorge Videla, en 1976, que dejó 30 mil desaparecidos; el asesinato de Mahatma Gandhi en 1948; en 1980 el asesinato de John Lennon, con cinco balazos, en Nueva York.
El mundo termina el año 2020 devastado por el covid 19 que ha dejado más de un millón 700 mil muertos y más de 80 millones de infectados; 90 millones de personas que han caído en la pobreza extrema; impactos de la desaceleración económica que ha afectado de manera muy dura a las empresas y los empleos de los países en desarrollo; gastos en salud que han llevado al límite de la pobreza a decenas de millones de personas; 1500 millones de niños y jóvenes que se han quedado sin escuela en más de 160 países.
En el Ecuador el virus ha causado 210 mil infectados y 14 mil muertos. La pérdida de empleos y la caída de miles de negocios ha lanzado a la población a vender baratijas en las calles porque prefiere perecer contagiada por el virus a morirse de hambre y desesperación. Lo inaudito, los actos de corrupción perpetrados durante este año en hospitales y entidades estatales y seccionales que involucran a dignatarios, funcionarios y negociantes inescrupulosos investigados penalmente por delitos como cohecho, peculado, enriquecimiento ilícito, concusión y tráfico de influencias. Y algo que me avergüenza decirlo: un ex presidente, un ex vicepresidente y varios ex ministros condenados por algunos de estos delitos, la gran mayoría de ellos prófugos; y más de 60 asambleístas investigados por inmoralidades.
Estoy ofuscado por la manera insólita y brutal de matar del virus. No sé si el invisible microbio que nos dejas es un demonio o el ángel de la muerte. Me sorprende su forma despiadada de llevarse a familiares y amigos, a poderosos y a miserables. No sé si ha venido para destruir o para enseñar a aceptar la muerte y valorar la vida, a respetar la naturaleza, el aire, la tierra y a los otros seres humanos. No sé si utiliza su forma sin forma para detener las carreras desbocadas de ciertos humanos que alimentan su codicia robando, mintiendo, agrediendo, destruyendo.
Nada ganaríamos lanzándote a la hoguera, 2020. El virus sanitario y el económico van a seguir matando durante el próximo año. Y el virus de la corrupción, la violencia, la mentira y la estupidez seguirá embistiendo enmascarado en el populismo que ahora mismo camina indetenible por las redes sociales y otros medios engañando y comprando conciencias.
Cuando suene la última campanada, la noche del 31 de diciembre, no voy a pedir que te largues 2020, ni voy a decir feliz 2021, ni a poner velas para que se haga el milagro de recuperar la salud y la economía y, peor aún, la honestidad y la decencia que seguirán proscritas por mucho tiempo. Solo voy a encender la esperanza para que crezca el número de gentes que aceptamos tu mensaje de reflexionar, recapacitar y cambiar.























