
Malva Marina Trinidad Reyes Basoalto, única hija del poeta y de Maria Hagenaar Vogelzang -Maruca-, su primera esposa, nació en un hospital de Madrid en 1934 y murió a la edad de ocho años, víctima de una hidrocefalia congénita, bajo el abandono total de su padre.
“¡Ven, Vicente, ven! Mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo», le dijo Pablo a su amigo el poeta Vicente Aleixandre al compartirle el nacimiento de su hija. Y Federico García Lorca dio la bienvenida a la niña con tierno poema. “Malva Marina, quién pudiera verte/ delfín de amor sobre las viejas olas,/ cuando el vals de tu América destila/ veneno y sangre de mortal paloma/Niñita de Madrid, Malva Marina,/ No quiero darte flor ni caracola;/ Ramo de sal y amor, celeste lumbre/ Pongo pensando en ti sobre tu boca”.
Cuando Aleixandre miró de cerca a Malva Marina no tuvo un verso feliz para describirla. “Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor…Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino…”
No era la maravilla que Neruda creyó haber visto. La niña nacida con grave dolencia que le impediría hablar y caminar y que lo llevaría a una muerte prematura era un pequeño monstruo. Un ser frágil y enfermo incompatible con las cosas bellas y perfectas que perseguía el poeta chileno. Pero Neruda era más frágil. No pudo enfrentar la realidad y dejó explotar lo que invadía su corazón: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”
El vate admirado, que compartía interminables juergas con escritores, filósofos, músicos, y artistas en el Madrid de la preguerra no estaba preparado para enfrentar las dificultades que exigía cuidar a la hija discapacitada. La niña no dormía, había que alimentarla con sonda e inyecciones; los padres pasaban las noches en vela pendientes de la enferma que demandaba grandes cuidados.
El Pablo Neruda que se entregaba con pasión para salvar a los refugiados, el protector de los marginados, el defensor de los desposeídos, la paz, la justicia y los derechos humanos sucumbió ante el sacrificio que demandaba la hija enferma y decidió sacar de su vida para siempre a la pequeña vampiresa que le quitaba la tranquilidad. Malva Marina tenía dos años cuando el vate la abandonó para siempre junto a su madre y se fue a vivir con una amante en París.
María Hagenaar, con su hija enferma viajó a Holanda en donde se obligó a realizar diversos trabajos domésticos para sobrevivir. Los pedidos de dinero hechos a su marido para la manutención y cuidados de la niña enferma no tuvieron la respuesta esperada. La hidrocefalia devoró a Malva. Murió el 2 de marzo de 1943 en Gouda-Holanda, donde fue enterrada. Su madre avisó a Neruda de la muerte de la pequeña y pidió reunirse con él. Pablo le respondió con el silencio. Ni siquiera asistió al entierro ni a visitar la tumba.
El abandono cruel de su desventurada hija cubrió de sombras negras la vida del eximio poeta que enalteció la cultura y el arte. Y fue castigado con severas críticas, desde el calificativo de “padre despreciable” hasta cáusticos comentarios como aquel que escribieron Malcolm Otero y Santi Giménez en el libro El club de los execrables: «Neruda es uno de los poetas más populares del s. XX, pero también un sátiro, un vanidoso recalcitrante, un padre monstruoso, un envidioso y un iracundo amigo de los dictadores más sanguinarios»
Ni héroe ni canalla, el irresponsable y liviano Neptalí Reyes Basoalto cayó en el error imperdonable que han caído humanos deshumanizados. Y ha tenido que pagar después de su muerte la pesada factura que le ha pasado la fama.
Se ha trizado el mito del gran poeta pero no se pueden dinamitar los valores intelectuales del autor de Canto general, Confieso que he vivido y de poemas como Farwell: “Desde el fondo de ti y arrodillado / Un niño triste como yo, nos mira. / Por esa vida que arderá en sus venas Tendrían que amarrarse nuestras vidas”. O de versos en donde volcó tiernas emociones hacia el hijo con el que soñaba: “…Ay hijo, sabes, sabes / de dónde vienes? / De un lago con gaviotas / blancas y hambrientas./ De tantos sitios vienes, / del agua y de la tierra, / del fuego y de la nieve, / de tan lejos caminas / hacia nosotros dos…”
¿Seguirá Pablo Neruda siendo el poeta del amor y la ternura?



















