
Si yo fuera creyente pediría a los quiteños rezar un Padrenuestro por Quito. Por sus calles inseguras donde se roba y se asalta a los transeúntes. Por sus esquinas malolientes rebosantes de basura que esperan por un recolector que les auxilie de la invasión de roedores. Por las veredas atestadas de vendedores informales. Por el descalificado transporte público donde los transportistas someten a las autoridades y agreden a los usuarios. Por el descuidado Centro histórico que grita pidiendo auxilio.
Pobre ciudad mía, tan encantadora y tan abandonada. Te pareces a esas mujeres hermosas, inteligentes, atractivas pero desafortunadas en el amor, víctimas de un marido que les desatiende, les irrespeta, les maltrata.
Hace cien días llegó un nuevo inquilino al palacio Municipal y no sabemos qué ha hecho durante este tiempo y -peor aún- lo que piensa hacer. Como no sea contar chistes, emular a uno de sus antecesores que también fue radiodifusor y regalar perros a los quiteños. Qué simpáticos e inteligentes son esos animalitos. Pero los quiteños no necesitamos canes que nos alegren la vida con su movimiento de cola, mientras una larga lista de necesidades espera que alguien les dé solución.
Qué envidia con Guayaquil y sus habitantes. Esa ciudad no es tan bella como tú, mi Quito, pero tiene la fortuna de contar con alcaldes dinámicos que trabajan con entusiasmo por embellecerla. La mantienen limpia, reluciente, pujante. Cuidan sus calles y monumentos, crean nuevos atractivos para los turistas, emprenden obras nuevas, motivan a producir a sus habitantes para vivir mejor.
Hace mucho tiempo que no tienes quien te gobierne con responsabilidad y con el cariño que te mereces, ciudad mía. Tu mala racha se agravó hace doce años cuando el aprendiz de dictador, que vivía en el palacio del frente, puso un burgomaestre que se movía al ritmo de las descarriadas intenciones y malas mañas del jefe. Después llegó otro incapaz que desaprovechó el tiempo que los quiteños pusimos en sus manos para que nos gobierne con respeto y responsabilidad. Y ahora este inquilino que ha sembrado incertidumbre, dudas e interrogantes.
Muchos alcaldes han pasado por la casa municipal situada frente al palacio de Carondelet. Unos nacieron bajo tu cielo azul, otros llegaron de Loja, Riobamba, Otavalo, Cuenca. Alguien vino de Bostón. Y también llegó un pastuzo. La mayoría de alcaldes chagras se entregó con honestidad y amor a administrar a la urbe que le acogió en su regazo. Hoy no sucede lo mismo con el alcalde proveniente de Guano. Después de cien días no termina de acomodarse en su silla. Parece que le han dado un asiento demasiado grande.
El último Alcalde de verdad fue un pastuzo, simpático y emprendedor, a quien todos le llamaban el Negro Paz. El logró cambiar la infraestructura urbana, diseñar el sistema de transporte conocido como trolebus, poner orden en los mercados municipales y en las ventas informales, emprender nuevas obras para mejorar el servicio de agua potable, construir mercados, pasos a desnivel, avenidas y cientos de obras que cambiaron el rostro de la ciudad. Terminado su periodo se fue a su casa para seguir impulsando empresas y proyectos que generen trabajo y riqueza para los quiteños.
Una vieja leyenda nos recuerda al fraile parrandero que se escapaba de juerga todas las noches abandonando su convento. Y al Cristo que le preguntaba “Hasta cuando padre Almeida” le respondía socarronamente “Hasta la vuelta señor”. ¡Hasta cuándo padre Almeida! Hasta la vuelta de otro socarrón que venga a contar cuentos, a cantar canciones, a regalar perros, gatos, o peluches que nos engañen como a niños pequeños.
¿Qué nos sucede a los quiteños? Parece que los diez años de maltratos y de agresiones que se generaban en el palacio del frente nos han dejado maltrechos, atontados, abúlicos, domesticados, sin capacidad de reclamo y de protesta. Hasta cuándo permitiremos que cualquier bisoño, quiteño o chagra, venga a aprovecharse de nuestra nobleza, hospitalidad y generosidad. ¡Hasta cuándo padre Almeida!




























