Un Padrenuestro por Quito

Si yo fuera creyente pediría a los quiteños rezar un Padrenuestro por Quito.  Por sus calles inseguras donde se roba y se asalta a los transeúntes. Por sus esquinas malolientes rebosantes de basura  que esperan por un recolector que les auxilie de la invasión de roedores. Por las veredas atestadas de vendedores informales. Por el descalificado transporte público donde los transportistas someten a las autoridades y agreden a los usuarios. Por el descuidado Centro histórico que grita pidiendo auxilio.    

Pobre ciudad mía, tan encantadora y tan abandonada. Te pareces a esas mujeres hermosas, inteligentes, atractivas pero desafortunadas en el amor, víctimas de un  marido que les desatiende, les irrespeta, les maltrata.                                                              

Hace cien días llegó un nuevo inquilino al palacio Municipal y no sabemos qué ha hecho durante este tiempo  y -peor aún-  lo que piensa hacer. Como no sea contar chistes, emular a uno de sus antecesores que también fue radiodifusor y regalar perros a los quiteños. Qué simpáticos e inteligentes son esos animalitos. Pero los quiteños no necesitamos canes que nos alegren la vida  con su movimiento de cola, mientras una larga lista de necesidades espera que alguien les dé solución.

Qué envidia con Guayaquil y sus habitantes. Esa ciudad no es tan bella como tú, mi Quito, pero tiene la fortuna de contar con alcaldes dinámicos que trabajan con entusiasmo por embellecerla. La mantienen limpia, reluciente, pujante. Cuidan sus calles y monumentos, crean nuevos atractivos para los turistas, emprenden  obras nuevas, motivan a producir a sus habitantes para vivir mejor.

Hace mucho tiempo que no tienes quien te gobierne con responsabilidad y con el cariño que te mereces, ciudad mía. Tu mala racha se agravó hace doce años cuando el  aprendiz de dictador, que vivía en el palacio del frente, puso un burgomaestre que se movía al ritmo de las descarriadas intenciones y malas mañas del jefe. Después llegó otro incapaz que desaprovechó el tiempo que los quiteños pusimos en sus manos para que nos gobierne con respeto y responsabilidad. Y ahora este inquilino que  ha sembrado incertidumbre, dudas e interrogantes.

Muchos alcaldes han pasado por la casa municipal situada frente al palacio de Carondelet. Unos nacieron bajo tu cielo azul, otros llegaron de Loja, Riobamba,  Otavalo, Cuenca. Alguien vino de Bostón. Y también llegó un pastuzo. La mayoría de alcaldes chagras se entregó con honestidad y amor a administrar a  la urbe que le acogió en su regazo. Hoy no sucede lo mismo con el alcalde proveniente de Guano. Después de cien días no termina de acomodarse en su silla. Parece que le han dado un asiento demasiado grande. 

El último Alcalde de verdad fue un pastuzo, simpático y emprendedor,  a quien todos le llamaban el Negro Paz. El logró cambiar la infraestructura urbana, diseñar el sistema de transporte conocido como trolebus, poner orden en los mercados municipales y en las ventas informales, emprender nuevas obras para mejorar el servicio de agua potable, construir mercados, pasos a desnivel, avenidas y cientos de obras que cambiaron el rostro de la ciudad. Terminado su periodo se fue a su casa para seguir impulsando  empresas y proyectos que generen trabajo y riqueza para los quiteños.

Una vieja leyenda nos recuerda al fraile parrandero que se escapaba de juerga todas las noches abandonando su convento. Y al Cristo que le preguntaba “Hasta cuando padre Almeida” le respondía socarronamente “Hasta la vuelta señor”. ¡Hasta cuándo padre Almeida! Hasta la vuelta de otro socarrón que venga a contar cuentos, a cantar canciones, a regalar perros, gatos, o peluches que  nos engañen   como a niños pequeños.  

¿Qué nos sucede a los quiteños?  Parece que los diez años  de maltratos y de  agresiones que se generaban en el palacio del frente nos han dejado maltrechos, atontados, abúlicos, domesticados, sin capacidad de reclamo y de protesta. Hasta cuándo permitiremos que cualquier bisoño, quiteño o chagra, venga a aprovecharse de nuestra nobleza, hospitalidad y generosidad. ¡Hasta cuándo padre Almeida!

El indio que se burló de Satanás

Cantuña es el indio que se atrevió a engañar al demonio para terminar la construcción de la iglesia de San Francisco de Quito, una maravilla de la arquitectura colonial de Latinoamérica cuyas raíces se hunden en el incario. Arropada de leyendas como ésta, la vieja iglesia aglutina la atención de turistas del mundo, ávidos por admirar los milagros que ha dejado el arte religioso en Quito, primer Patrimonio Cultural de la Humanidad de la región.   

La capital del Ecuador, incrustada en medio de una veintena de volcanes y colinas es un monumento de piedra volcánica sembrado de calles angostas y retorcidas que apuntan al cielo, pero sobre todo de iglesias. Los visitantes no pueden sacar de sus retinas las imágenes de los monumentos arquitectónicos del centro histórico más grande de Latinoamérica.  

Francisco Cantuña  fue el primer protagonista de la historia arquitectónica de Quito. Los frailes franciscanos le habían encargado la construcción del atrio de  la iglesia de San Francisco que debía terminarlo en seis meses. Y si no concluía dentro de ese plazo iría preso. Mientras miraba la obra inconclusa impotente y desesperado por no poder cumplir surgió de entre las piedras una figura maligna pero amigable. -Tranquilo Cantuña, soy Satán, tu amigo, yo puedo terminar a tiempo tu obra. Solo tendrás que entregarme tu alma a cambio. El indio estaba acorralado: o aceptaba la condición de su repentino amigo o iría preso por incumplir. – Acepto, con una condición, si una sola piedra falta en el atrio antes de sonar las campanas, el trato se anula. Sintiéndose  triunfador Satánas llegó para llevarse el espíritu del pedrero. Cantuña lo recibió sonriente y logró probar al demonio que faltaba una piedra. Lo había engañado escondiendo la piedra.

Obra maestra de la arquitectura del continente, San Francisco es un complejo religioso que se empezó a construir en el siglo XVI y concluyó  ciento cincuenta años más tarde. Posee seis claustros principales, tres  templos, siete patios y un museo de arte que albergan una impresionante colección arquitectónica y artística; además de catacumbas y la primera fábrica de cerveza de la ciudad. El templo mayor conjuga diversos estilos  y formas que han engendrado una joya invaluable de la arquitectura americana.  En los claustros del convento  se hallan pinturas y esculturas de la Escuela quiteña, de artistas mestizos de la Colonia. Uno de los reyes de España había escuchado tantos comentarios sobre la construcción de esta iglesia que se asomaba con frecuencia al balcón de su palacio para contemplar a lo lejos las torres de San Francisco.

A solo una cuadra de San Francisco se encuentra la calle García Moreno, conocida también como la “La calle de las siete cruces”, por las gigantes cruces de piedra que se levantan en los atrios de otras tantas iglesias. Este eje longitudinal reúne  algunos de los templos monumentales de la ciudad colonial: La Catedral, una de las iglesias más antiguas de Quito, de estilo romántico clásico con una torre que mezcla el barroco, mudéjar, rococó, neogótico y neoclásico. El Sagrario, pequeño templo adornado con frescos y paredes caladas sobre fondo turquesa.   El Hospicio de San Lázaro, antiguo complejo conformado por una torre rematada por cúpula recubierta de metal, el frontis de aire neoclásico de la iglesia y un claustro con puerta barroca de piedra labrada. La iglesia de La Compañía de Jesús, templo de singular belleza arquitectónica, recubierto por completo con láminas de oro en el interior, que conjuga el estilo neoclásico con el barroco y el mudéjar. La Concepción, el primer claustro de Quito que en la iglesia luce retablos inspirados en el mudéjar y el plateresco. La iglesia y monasterio del Carmen Bajo, cercados por imponentes muros de piedra, que custodian desde hace  más de tres siglos a las monjas Carmelitas. La iglesia de Santa Bárbara, de estilo neoclásico, que luce un espacio interior sobrio y sencillo en contraste con la estructura monumental del exterior. 

La calle de las siete cruces  es una vía fascinante de un kilómetro y medio de largo, sostenida por las colinas sagradas de El Panecillo y de San Juan. A los costados se cuelgan  sitios emblemáticos de la ciudad como La Plaza de la Independencia, el Palacio de Gobierno y lugares históricos como la casa donde la criolla Manuela Cañizares organizaba conspiraciones libertarias, la residencia  colonial donde el Libertador Simón Bolívar conoció a Manuela Sáenz; el Centro Cultural Metropolitano donde ha operado desde una cárcel, un arsenal de municiones, escuelas, universidades, el primer periódico de Quito “Primicias de la Cultura, hasta la propia alcaldía.

Quito es mucho más que templos, museos, historia y leyendas. La segunda capital más alta del mundo es la única ciudad del planeta atravesada por el meridiano que lo divide en dos hemisferiosEn la cima de El Panecillo descansa  la Virgen de Quito, única Virgen alada del mundo, representada por una escultura de aluminio de más de 40 m. de alto. Con ciento treinta  edificaciones monumentales, donde se aloja diversidad de arte pictórico y escultórico, el Centro Histórico de  Quito  es uno de los más importantes conjuntos históricos de Iberoamérica. Los ecuatorianos lo llaman a Quito  “Carita de Dios” por ser la ciudad del planeta más cercana al Sol. Y los poetas solo tienen que mirar el cielo azul añil o caminar por las viejas calles de la urbe para  que broten versos y canciones como manantiales.

Los fracasos de Woodstock

No se conmemorarán los cincuenta años de Woodstock. El concierto convertido en paraíso orgiástico de rock, drogas y sexo, que convocó a quinientos mil jóvenes aullando al ritmo frenético de la música de la época, empezó con fracaso y cinco décadas después vuelve a fracasar. Pero Woodstock sigue siendo una leyenda. Y un mito.

El amor, la paz y el rock nada importó a los jóvenes capitalistas que en búsqueda de réditos económicos montaron  un festival para cincuenta mil personas en el pueblo de Woodstock y que se realizó en una granja de alfalfa en Bethel, estado de Nueva York, del 15 al 18 de de agosto  de 1969.                                                                               

Las grandes estrellas de la época no estuvieron en el concierto. Bob Dylan, el más esperado, no tocó en 1969 aunque lo hizo veinticinco años después en el Festival de la Isla de Wight. The Beatles rechazaron tocar en Woodstock porque John Lennon estaba impedido de ingresar a los Estados Unidos por problemas con el consumo de drogas. Tampoco  acudió  The Doors,  por pensar que sería un festival de segunda clase. Led Zeppelin prefirió actuar en un evento de Elvis Presley, pues no quería ser una banda más.

Sí participaron músicos que en los años posteriores brillarían con intensidad en el ancho mundo del rock. El genio de la guitarra Jimi Hendrix tocó en Woodstock  el concierto más largo de su breve carrera, que fue calificado como “el gran momento de los años 60”, hipnotizando a los asistentes con “The star spangled banner” y otras canciones ejecutadas con gran versatilidad. Santana llevó a la  tarima “Soul Sacrifice”, su estupenda fusión de rock con música afro y ritmos latinos.  Joan Báez se tomó el festival  con “la reina de la canción de protesta” y repertorio variado de country, pop y rock. Janis Joplin, con nivel estelar, puso en el escenario “Ball and chain” y otras canciones de leyenda.

El festival, que se desarrolló en un marco de barro y lluvia, consignó grandes tambaleos: accesos inadecuados, escenario comprimido, equipo de sonido insuficiente, torres de luces a punto de desplomarse, gente sin poder llegar a la explanada  por el colapso de las carreteras. Tras dos horas de iniciado, el evento se convirtió en gratuito  y después el recinto fue declarado como «zona de desastre». Nueve de cada diez asistentes consumieron drogas compartiendo con docenes de vacas que caminaban entre los asistentes. Las pérdidas económicas sumaron más de un millón de dólares.

No todo fue desastre, el documental Woodstock Festival: tres días de paz, amor y música, editado por Martin Scorsese, que registró el evento para la historia de la música popular, consiguió un Oscar al mejor documental y fue difundido en 1970. También se exhibió en el Festival de Cannes de 1970 y en 1996 entró a integrar los archivos de la National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos por ser «cultural, histórica o estéticamente significativa».

Woodstock 1969 no fue el manifiesto de paz, amor y hermandad que soñaban algunos idealistas. Más bien fue un culto al hedonismo alimentado con sustancias alucinógenas que condujeron al sexo libre durante tres días de desenfreno. La rebelión política contra la guerra de Vietnam no paso de la aspiración y el enunciado. Tampoco fue una concentración de hippies vagos y desmadrados porque  el hippismo había empezado a diluirse tres años atrás. Sí fue un cónclave de amantes del rock y otros ritmos que acudieron a la pradera de Bethel a encontrase con su música y sus ídolos, aunque no todas las estrellas aparecieron.                                                               

Las pretensiones de dinamitar los convencionalismos sociales de la América conservadora de los años sesentas implantando actitudes de rebeldía y anti belicismo, exigiendo tolerancia a las drogas y al sexo libre tampoco se han esfumado. El festival no fue la «Feria de Música y Arte» que vendieron los organizadores, pero el post Woodstock  engendró una nueva forma de cultura, capaz de transformar las costumbres, influir en la moda y crear nueva estética musical.  

Cincuenta años más tarde la paz sigue siendo la paloma ausente: la  gran potencia del norte continúa alimentando guerras  en varios países del mundo; y ha implantado en ese país una  impávida tolerancia a las drogas y al abuso de la libertad que ha llevado a albergar una sociedad apática que ha desterrado valores y se muestra inerme ante la violencia y otros desates juveniles.

Woodstock no ha podido, siquiera, reeditar el concierto de conmemoración, pero ha logrado cambiar el mundo reprimido de los años sesentas en uno más libre donde es posible exponer y defender ideas. El rock y la música popular han logrado congregar multitudes, trascender fronteras, y convertirse en elemento comunicador e integrador. Entre detractores y defensores el legado de Woodstock está vigente. Y el festival de 1969 sigue siendo un mito en la historia del rock.

Los amantes de roca que viven en Ecuador

Los volcanes ecuatorianos muestran historias de amor, violencia y miedo. Sus furiosas erupciones devastaron pueblos y ciudades, pero van quedando en el pasado. Los humanos han aprendido a  mirarlos como dioses que inspiran temor, amor y respeto.  Y han creado leyendas que atraen a los amantes del montañismo que llegan de muchos lugares del mundo para  conquistar sus cumbres y desentrañar sus misterios.

Los gigantes de roca y nieve  se recuestan en la Avenida de los Volcanes de la Cordillera de los Andes, al noroeste de Sudamérica. Como los humanos, los volcanes andinos se aman y se pelean. El galán recio que somete a los débiles y la bella seductora que enciende las pasiones cósmicas son los grandes protagonistas de las leyendas de piedra y fuego que ruedan por las comarcas.  Cuentan que el  gran Chimborazo  retó a duelo al Cotopaxi por haberse atrevido a seducir a la bella Tungurahua y haber engendrado con ella al Guagua Pichincha. La pelea terminó con la derrota del Cotopaxi. Y en otro gran enfrentamiento el Chimborazo lanzó descargas de fuego y rocas violentas contra el Carihuairazo dejándolo maltrecho y con la cumbre recortada.

Las leyendas y el pasado histórico de los volcanes del Ecuador atraen y fascinan. El Chimborazo,  considerado hasta los primeros años del siglo XIX como la montaña más alta del mundo, ha concitado gran interés durante mucho tiempo por llegar a su cima. En 1802 Alejando von Humboldt subió al coloso como parte de una misión científica extenuante. Simón Bolívar llegó a la montaña en 1822. En 1880 el volcán fue coronado por primera vez por el alpinista Edward Whymper. En la actualidad el “Dios del Hielo”, que adoraban  los antiguos Puruháes, es un volcán apagado de 6.310 m. compuesto por cinco  cumbres majestuosas.  

El Cotopaxi es el volcán activo, y en proceso eruptivo, más alto del mundo. Entró en actividad en agosto de 2015, y es monitoreado de manera constante por parte del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional de Quito, que utiliza un total de ocho estaciones con equipos de GPS continuo para cubrir todos los flancos del volcán.

Las montañas son parte entrañable de la vida y el paisaje del Ecuador. La “mama” Tungurahua inició un proceso eruptivo en 1999 con ceniza, lahares y explosiones que generaron flujos piroclásticos de graves efectos para los pobladores. Los habitantes de la pequeña ciudad de Baños, construida en las faldas de la montaña y los labriegos de las comarcas aledañas se resistieron a abandonar sus viviendas. La caída de ceniza afectó el turismo, malogró  cosechas de granos y frutas pero los vecinos lo tomaron como “una bendición del cielo” que vino a fertilizar los campos y a fomentar el turismo. 

En un territorio de 283 561​ km. cuadrados existen más de setenta volcanes que invitan a escalarlos. Los montañistas pueden ascender a nevados con glaciares, de más de 5.000 m. como el Chimborazo, Cotopaxi, Cayambe, Tungurahua. Los novatos pueden subir al Pichincha o a montañas más pequeñas. Y los montañistas experimentados tienen la posibilidad de intentar cumbres más complicadas como el Antisana o el Altar.

Los turistas también pueden subir a los cráteres de volcanes como el Quilotoa y el Pululagua. El  Quilotoa esconde en su cráter una laguna salida de la fantasía. Pintada de color verde turquesa, de matices que cambian con la luz del sol, es un lago de origen volcánico de fascinante belleza. Con formas redondeadas, tiene 3 km. de diámetro y 250 m. de profundidad. Está bordeada de chuquiraguas, mortiños, romerillos, sigses, y otras especies que habitan en el árido paisaje. Se puede llegar al cráter en dos horas de viaje hasta el pueblo de Zumbahua, desde la ciudad de Latacunga, a los que se añaden 15 kilómetros de recorrido que se pueden realizar en bus, bicicleta o caminando.

El Pululahua es uno de los dos volcanes habitados del mundo, el otro está situado en una isla del Japón. El volcán ecuatoriano, ubicado 20 kilómetros al norte de la ciudad de Quito, tuvo su última erupción hace 2.200 años. Hoy, su cráter forma parte de la Reserva Geobotánica Pululahua, que en sus 3.383 hectáreas contiene varias especies de fauna y cerca de dos mil de flora andina. Y es fuente de vida para una comunidad de más de cien campesinos que cultivan la tierra y han levantado pequeñas viviendas y una iglesia. Los visitantes que llegan al lugar sienten una atmósfera de silencio y el sonido del viento que trajina por la hondonada en medio de cantos de  grillos, ladridos de perros y mugidos de vacas.

Ecuador es un lugar único en el planeta. Uno de los países más pequeños de Suramérica y uno de los más biodiversos del mundo es un paraíso de colibríes, cóndores, orquídeas y especies únicas de aves y animales. Y es, también, un paraíso de nevados y volcanes que tientan a escaladores y turistas lanzarse a descubrir picos y riscos mágicos con paisajes alucinantes.

Quito y el volcán Cotopaxi
Laguna en el cráter del Quilotoa

Hay días…

No veo no oigo

amanecí sordo

ciego

mudo,

puteo al alba

al día maldigo,

Euterpe llega

desinfectando el aire

y yo estatua de barro

asesinando pájaros cantores

acariciando ruidos

desayunando sombras

incinerando faros,

no tengo armonía

ni ritmo ni melodía

desafino,

soy soledad hecha de ruidos

fuego temblando de frío

risa sin cara sin ojos

y sin risa,

dios es una idea equivocada

el diablo triste carcajada,

un miedo azulado me acaricia

un terror blanco me abraza,

siento perros gimiendo

huracanes ladrando

y la vida sin vida que me mata,

aquí no cabe nada

ni sombras

ni infiernos ni cielos ni…

Hoy amanecí sordo

ciego mudo.

Y estúpido.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

El músico que hablaba con el diablo

Paganini mantiene hipnotizado al público con su violín. Hasta que un sonido bronco triza el encantamiento: se ha roto una cuerda. El violinista ignora los murmullos que inundan la sala y sigue tocando. Vuelve a quebrarse el aire, se ha desgarrado la segunda cuerda, director y músicos se miran inquietos. El violinista acaricia el instrumento y arranca nuevos arpegios. El concierto se desmorona, es la tercera cuerda rota. El director ha bajado la batuta, la orquesta se ha paralizado, el público se pone de pie. Y Paganini, impertérrito, sigue tocando con una sola cuerda.

El violinista está loco. Y tiene pacto con el diablo. Niccoló Paganini ha entregado al demonio su alma a cambio de virtuosismo y técnica sobrenaturales para tocar el violín. La anécdota voló por Europa durante décadas. Pero el diablo que le convirtió a Paganini en malabarista del violín fue el Síndrome de Marfan, una rara dolencia que  produce aumento y deformación de los huesos. El mal de Marfan se apoderó del músico y le dotó de una increíble hiperflexibilidad en sus dedos y muñecas, que le permitían tocar el violín de manera excepcional, tocar con la uña de su dedo pulgar y con el dorso de la mano.

Niccoló  también poseía una imaginación endiablada. Utilizaba su fealdad física: cabellera negra y ondulada, frente cuadrada, ojos grandes y penetrantes, nariz prominente, pómulos salientes, mejillas hundidas,  para proyectar una imagen fantasmal que sorprendía y fascinaba al público. Enfundaba su cuerpo delgado y desgarbado en vestimentas estrafalarias: traje pingüino, pantalones negros, abrigos largos y deshilachados. Contorsionaba su cuerpo y brincaba en el escenario. Y no desafinaba ni perdía la concentración. Estaba poseído, parecía un engendro del demonio.

Su virtuosismo, ingenio, imaginación y audacia lo convirtieron en el violinista de violinistas. Afinaba el violín medio tono más alto que el de la orquesta para darle más brillo;  con sus dedos largos y retorcidos podía tocar hasta 12 notas por segundo y llegar a notas inalcanzables para la mayoría de violinistas; mago de los escenarios, sus improvisaciones rompían formalismos para llegar al corazón del público que enloquecía al escucharle; sus técnicas de interpretación tenían cierto halo de misterio y su técnica de la scordatura le permitía cambiar la afinación de las cuerdas del instrumento y producir sonidos imposibles de lograr con un violín afinado en forma convencional.

Las partituras que legó a la posteridad, especialmente sus 24 caprichos, han sido interpretadas por los más grandes violinistas. Sus composiciones han dado origen a varias obras de compositores universales como Liszt, Brahms, Rachmaninov. El breve y célebre capricho No. 24, una de las piezas técnicamente más complejas escritas para el instrumento, se ha ejecutado en grandes escenarios de todo el mundo y ha sido llevada al cine.

No han quedado registros sonoros de los conciertos de Paganini, hace 200 años  no se habían inventado tecnologías de grabación de sonido. Pero quedan testimonios que hablan de su virtuosismo y su  técnica inimitable.  Luego de oírle en un concierto Franz Schubert decía: “He escuchado el canto de un ángel”.  El compositor inglés Félix Mendelssohn opinaba: “él es tan original, tan único, que se requeriría un análisis exhaustivo para poder expresar una impresión sobre su estilo».  El diario “La Gazzeta Piamontese” comentaba: “Tiene algo de diabólico, una habilidad casi sobrenatural. Muy a menudo su violín ya no es un violín. Es una flauta, es la limpísima voz de un canario bien amaestrado; supera las más incomprensibles dificultades con una facilidad indecible”.

El fantasma de Niccoló Paganini y la leyenda de artista genial y diabólico perviven aún. Aprendió a tocar la mandolina a los cinco años y luego el violín, a los nueve   años dio su primer concierto.Adicto a las mujeres y al alcohol, la vida bohemia quebrantó su frágil salud: padeció de sífilis, tuberculosis y hemoptisis que le deterioró los pulmones y  la laringe y precipitó su muerte.

Casi en bancarrota, atormentado por las enfermedades, se retiró de los escenarios  a los 54 años y murió a los 58, aunque él quería seguir viviendo. Se negó a recibir los sacramentos argumentando que no los necesitaba porque no estaba muriendo. La Iglesia Católica negó la sepultura de su cadáver. La leyenda de violinista del diablo fue el epitafio final.

Sombras de Mahler sonaron en Quito

El 19 de septiembre de 1908, cuando el compositor bohemio dirigió el estreno de su sinfonía número 7, en Praga, un Mahler atormentado caminaba por el escenario, entre la felicidad y el terror, rodeado de dos sombras: el dolor de su hija que acaba de morir y el reciente diagnóstico de la endocarditis que lo llevaría poco después a la tumba.

La más impopular de las sinfonías de Mahler, compuesta hace 115 años, durmió varias décadas en la partitura hasta que los directores de orquesta se decidieron llevarla a los escenarios. Era una obra adelantada, que el compositor la consideraba innovadora y grandiosa, pero no fue comprendida y valorada por el público de su tiempo.

El jueves 11 de julio el director ruso Yury Sobolev, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador,  condujo el estreno nacional de la obra y llevó los   claroscuros de la sinfonía a la iglesia “La Compañía” de Quito, un templo de singular acústica y gran belleza arquitectónica, que conjuga el estilo neoclásico con el barroco y el mudéjar.

Con la batuta de Sobolev Mahler se movió en la iglesia quiteña con las luces del templo apagadas, regando oscuridad durante los primeros cuatro movimientos y   buscando el día  hasta encontrar  la salida del túnel en el Rondó final.

Un clima misterioso se instala en “La Compañía”: tuba, trompetas, clarinetes y oboes abren la “Canción de la noche” con una melodía melancólica de ritmo lento que da paso al Allegro con fuoco; el aire sombrío vuelve con el trombón.

Con el segundo movimiento llega la «música nocturna» y una extraña marcha militar lenta pone en el escenario el fantasma de Rembrandt que había penetrado en Mahler con las figuras del cuadro “La ronda de la noche”.

El Scherzo es una pesadilla,  un vals diabólico trae fantasmas y ritmos espectrales al escenario; el vals vienés se desfigura y desemboca en un violento pizzicato de las cuerdas graves que golpean sobre la madera del instrumento.

La música nocturna vuelve otra vez, calma la ansiedad del Scherzo, silencia a los metales, da paso a las maderas con sonidos fugaces de guitarra y mandolina que sorprenden al auditorio.

Contradictorio, incoherente, en el Rondo-Finale  Mahler desemboca abruptamente en la luz con timbales, trompetas y  el tutti que sorprenden.

Santo y demonio, admirado e incomprendido,  el compositor que con sus sinfonías cambió el mundo es complicado y difícil. Quizá por eso, su universo sonoro  ha llegado pocas veces a Quito y la interpretación de su séptima sinfonía fue sorpresa para muchos. El choque de luces y sombras, que termina con voces de campanas que irradian esperanza y paz, habrá sido un encuentro reconfortante para los amantes del sinfonismo mahleriano que llenaron  la  antigua iglesia convertida en espléndido escenario de la música universal.

Guayasamín cien años del indio que pintó el dolor

Más que pintor de América o artista del siglo XX Guayasamín es un pincel  que traza con alaridos el dolor humano, descubriendo formas para herir con harañazos que sangran y duelen. Su pintura exhibe las marcas que dejan los lobos humanos que  devoran corderos y a otros lobos y dejan regueros de violencia, hambre y miseria.

Este mestizo de América, hijo de padre indio y  madre mestiza, nacido en Quito en un mes de julio de 1919,  ha demostrado que  el arte es la más elevada expresión del espíritu humano, que está por encima de concepciones políticas, ideológicas y religiosas. 

Tras su formación académica en la Escuela de Bellas Artes de Quito, Oswaldo Guayasamín trabajó con los grandes muralistas de México, y de grandes maestros universales como El Greco y Picasso aprendió los secretos de la forma y el color, que influyeron en su estilo simple y tremendamente expresivo.   

En Huacayñán, con tonos blancos, grises y ocres, el pintor abre una visión de los pueblos mestizos, indios y negros para expresar sus tristezas, alegrías, tradiciones. En sus viajes por los países de Latinoamérica descubrió “el camino del llanto” y lo plasmó en el lienzo expresándolo con ojos que se humedecen para dar paso al llanto, y lágrimas que se estrangulan antes de brotar.

La edad de la ira, la más universal de sus obras, es una denuncia grotesca en donde el horror estalla en series como Las manos, Cabezas, El rostro del hombre, Mujeres llorando. Con matices blancos, negros y grises desfilan por las telas del maestro cuerpos, rostros y sobre todo manos. Manos crispadas que aúllan de dolor e ira, manos grotescas que envenenan el aire de codicia insaciable. Manos que arden de rebeldía. Manos para rezar, gritar, suplicar.    

Las izquierdas intentaron convertirlo en bandera política entre tirones de rechazo de otras tendencías. Ridículas manipulaciones políticas que han sido superadas por la condición de gran pintor y espléndido dibujante del artista que ha recorrido vastas latitudes entre controversias y contradicciones.

Cara de indio, rebeldía de indio, grito de indio, Guayasamin no es el pintor de los indios, es el retratista del dolor y de la miseria humana. Cien años después de su nacimiento y 20 años después de su muerte la geografía humana de su tiempo se ha transformado: indios y negros ya no son bestias de carga humillados por blancos y mestizos, las mujeres tienen mayor respeto y espacios más abiertos en la sociedad y las guerras ya no muestran las monstruosidades del siglo pasado.   

La tecnología ha sometido y ha cambiado al mundo. El mundo de hoy es un mundo más cómodo que ha simplificado y ha enriquecido la vida de la gente. Pero el espíritu de la raza humana sigue igual. Se violan niños y mujeres en las esquinas lo mismo que en los conventos. Se mata con frialdad y sin remordimiento. Los tiranos someten y asesinan sonriendo. Miles de niños y ancianos perecen todos los días de enfermedad y hambre. Y otros sobreviven comiendo basura.

Hace falta un Guayasamín que denuncie los crímenes del siglo XXI. Y la impunidad, la corrupción,  el quemeimportismo.

Mafalda la niña irreverente que no envejece

Tiene la misma figura y la misma edad que tenía hace 55 años cuando nació y sigue recorriendo el mundo, pícara e irónica, con su melena anticuada, su lazito en forma de corbatín, su boca grande y burlona. Sigue sentadita en la pequeña banca de la plaza  de San Telmo-Buenos Aires donde los argentinos la inmortalizaron. Vive en jarros portalápices, en esferográficos, portadas de libros y revistas. Y en el corazón de varias generaciones de argentinos, latinoamericanos y gentes de otros países que han aprendido a amarla sin espacio ni tiempo.

Quino, la parió para que retratara los vicios y las costumbres del mundo  de su tiempo pero la niña de la sopa, igual que ayer, continúa criticando el cinismo, la audacia y la corrupción de las  generaciones de hoy con la misma frescura que lo hacía en los años sesentas cuando vio la luz.

Las cosas que dice Mafalda no corresponden a una niña de ocho años, la inocente chiquilla que critica con acidez al mundo, parece que tuviera más de cien años.  Generalmente se despierta  contenta y empieza repartiendo la dieta de la alegría: sonrisas, abrazos, besos; saluda al mundo, a la gente buena; dice sí a la democracia, a la justicia, a la libertad, a la vida. Después se le agría el día y protesta: “este mundo me sabe a sopa”. La nena comprende que el humano es el mismo una enfermedad incurable; está tan consciente de las tremendas limitaciones  de la gente que llega a decir que, como en el arca de Noé, “se siente rodeada de animales”. Y sabe que el mundo está lleno de idiotas que se tropieza con ellos a cada paso. Está obsesionada con los idiotas: “al llegar a los 50  no ves las letras de cerca, pero ves a los idiotas desde lejos”

Mafalda admite que las mujeres son tan terribles que “ni el diablo se lo imagina”, y son tan complicadas a veces que ni un príncipe azul les satisface. Es vanidosilla, pero está en lo cierto: dios primero creó al hombre y para mejorar su obra creó luego a la mujer. Ella sabe lo complicado que es ser mujer: “no sabes si estás enojada, enamorada o poseída”. Clama porque las mujeres no sigan siendo utilizadas, pero les recuerda que no solo deben servir para criar hijos. Detesta el conformismo de las mujeres, empezando por el de su madre. Es defensora intransigente de las mujeres pero severa crítica del feminismo “No deseo que tengan poder sobre los hombres sino sobre sí mismo”.

Cuando está optimista echa a volar el sueño imposible de un mundo con más bibliotecas que bancos; y recuerda que la ambición desbocada por el dinero lleva a la gente a pisotear a los demás. Se burla de la riqueza de los bolsillos “si hay pobreza en la cabeza”.  Censura a los medios por la permanente tergiversación de los hechos.  Espeta que el tolete de los policías es el instrumento para “abollar ideologías”. A ratos se siente tan agobiada del mundo que pide que alguien lo pare porque quiere bajarse. Qué directa es esta niña, prefiere que en vez de ofrecerle tanto amor, “dejen de joderle”.

Mafalda ni se ha muerto ni ha envejecido ni ha cambiado. Pero el mundo está más viejo, destruido, y la gente tampoco ha cambiado. Por eso, la nena precoz continúa criticando con esa cara cachetona que derrama ternura, censura con mordacidad a sus congéneres adultos. Y grita ante la estupidez, la injusticia y la corrupción: ¡Basta!



Mi perro Ogu es un tonto feliz

Ogu no sabe hablar pero se ha inventado su propio lenguaje para conseguir lo que quiere. Pone cara de tonto, me mira con sus ojos tristes y penetrantes, mete su cabezota  entre mis piernas.   Y suplica. Cuando le pongo su cuerda en el cuello para sacarle a pasear  enarbola su cola de palmera y me arrastra a tirones a la calle. Está ansioso por disfrutar de la noche recién inaugurada.                                                

Yo disfruto los paseos con mi perro, pero me sorprende y me conmueve esa manera extraña de encontrar la felicidad en medio de una simple caminata. Él se ha puesto feliz con el pedazo de cielo oscuro y los pocos metros de calle que le regala la noche.   Mira los árboles del parque y descubre idilios de pájaros cantores, paladea el aire y levanta la cabeza con dirección al cielo. Se pone  a coquetear con las estrellas porque se imaginaba que le guiñan los ojos y que en las nubes hay ángeles de nieve que también le sonríen.  Se da vuelta y me mira ya no con ojos tristes sino con ojos que destilan felicidad

Después de salir del parque intercambio un breve saludo con un amigo que aparece en la calle y el can comparte mi rauda sonrisa batiendo su cola. Al pasar por la iglesia del barrio nos tropezamos con las viejas que caminan presurosas por la calle Las Casas para alcanzar a la última misa dominical. Ogu se acerca a una señora, levanta su cabeza, le mira, se hacen amigos al paso, y, audaz como es, quiere entrar con ella al templo.   

-No Ogu, los perros no van a misa. Y los humanos tampoco. Ellos chismorrean, comentan, lucen sus trajes y perfumes. Y repiten los rezos y las salmodias del cura. Pero tú no sabes rezar, ni chismear.  

Calle abajo buscamos el camino de regreso a casa y dejamos atrás la silueta semi oscura de la iglesia coronada por una pequeña torre, mientras se oyen las últimas campanadas. Ha sido un paseo terriblemente corto. Pero Ogu regresa a su prisión de plata desbordante de contento, aspira el aire fragante de las madreselvas del jardín y me lanza un cabezazo torpe pero agradecido recordándome que la vida camina por las calles pero también nos espera en cada rincón de la casa que compartimos él, mi familia y yo.                                                                                                                                               

-Que forma tan tonta de ser feliz, Ogu.                                                              Él me mira con una mezcla de alegría y de tristeza y me replica que a la felicidad la tengo amarrada en el jardín. Yo vuelvo a refugiarme en mi soledad, pero siento que la escapada de esta noche me ha reencontrado con la vida. Y que los ojos de mi perro se han metido en mi cerebro para recalcarme que la felicidad está escondida en cualquier sitio de la casa, colgada de los árboles del parque, sentada en las esquinas,  entre la tierra y el cielo, o tal vez en las paredes con olor a incienso de las iglesias que  reparten nueva vida a las viejas que acuden a la misa del domingo.