
Ni la bella anglosajona de ojos violeta de los años sesentas del s. XX ni la desteñida artista de raza negra de Netflix son Cleopatra. El cine y la televisión se han encargado de distorsionar la historia y desfigurar la imagen de la legendaria reina de Egipto que ha fascinado por más de 20 siglos.
En el film producido en 1963 por 20th Century Fox se podía ver a la actriz Elizabeth Taylor deslumbrando al público por su espectacular belleza que se exhibía en escenas como la entrada a la ciudad de Roma, rodeada de pompa, con la muchedumbre agolpándose para contemplar su figura. El film la convirtió en “la mayor estrella de Hollywood” de su tiempo.
Con la diva de moda del cine, que terminó ganando 7 millones de dólares, la cifra más alta pagada a un artista hasta ese momento, los productores lograron presentar la “Cleopatra más bella de todos los tiempos”. La crítica mediática no fue muy favorable para la película pero contribuyó a promocionarla: «Una de las grandes películas épicas de nuestros días» (The New York Times); película enorme y decepcionante» (Chicago Tribune»). Sobre la actuación de Liz Taylor se dijo que “está irremediablemente fuera de su profundidad”.
El film más caro de la época fue un éxito de taquilla y consiguió 9 nominaciones y 4 Oscares, aunque ninguna estatuilla correspondió a la Taylor. Detrás de la realización estuvo el pomposo derroche de los productores y el escandaloso amorío de Elizabeth con Richard Burton (Marco Antonio en el film) que protagonizaron una pasión desenfrenada plagada de cuernos, peleas y alcohol, y se convirtieron en los grandes promotores de la cinta.
Sesenta años después Netflix ha producido «La reina Cleopatra», serie documental de 4 capítulos que ha desatado un aluvión de críticas y rechazos acusada de suscitar “una distorsión de la historia”. Tanto el público como la crítica han sido implacables con la plataforma, algunos se han arriesgado a señalar que es “la serie peor valorada de todos los tiempos”.
La Cleopatra negra, interpretada por una actriz de esa raza, ha disgustado a Egipto que se ha lanzado en contra de Netflix por considerar que el documental ha ofendido a la identidad nacional. Historiadores y arqueólogos de ese país han señalado que «Cleopatra era griega, lo que significa que era de piel clara, no negra». El Centro Egipcio para el Pensamiento Estratégico de Egipto lo ha tomado como “un insulto a los antepasados egipcios” y ha dicho que Netflix debería pedir disculpas al pueblo egipcio.
Netflix intentó sorprender al público con una versión novedosa de “la mujer más famosa, poderosa e incomprendida del mundo” enfrentando a las representaciones tradicionales con una faraona negra, que rompe los estereotipos anglosajones. Adele James, la actriz que encarna a Cleopatra, intenta defender de manera obsesiva la condición africana de Cleopatra pero carece de fuerza interpretativa para expresar la astucia, la sabiduría política y el encanto seductor de la soberana egipcia.
Netflix habrá escarmentado tras el mediocre trabajo del director, la productora y los actores; la pobreza de contenido; y la falta de rigor en la investigación de la vida de Cleopatra y la historia de la nación egipcia que muestra el documental. Pero los vacíos de la serie no justifican el ensañamiento de la crítica y la audiencia, y la hostilidad y el odio desatados contra la artista negra Adele James
La imagen de Cleopatra ha caminado envuelta en el mito y la leyenda. No se ha logrado establecer su verdadero origen; es muy poco lo que se conoce sobre su vida y su rostro; y no hay certezas sobre el color de su piel. ¿Por qué, entonces, Egipto se obstina en defender la figura de una Cleopatra blanca que represente a los invasores árabes, griegos, romanos o europeos occidentales despreciando a los egipcios de piel oscura?
Con vacíos y limitaciones la controvertida serie de Netflix ha logrado destapar el debate sobre el origen y el color de la piel de Cleopatra y el racismo condenable y peligroso que subyace en las sociedades de origen caucásico que defienden la supremacía blanca y desprecian a las etnias que consideran inferiores.

Adele James, «Queen Cleopatra»; y Elizabeth Taylor, «Cleopatra» (1963).












