
Conocida como “Sinfonía del nuevo mundo”, esta fascinante pieza sinfónica acompañó a los viajeros espaciales abordo del Apolo 11 por el camino que les llevaría a desembarcar en la luna, por primera vez, hace 54 años.
Tal como lo hicieron los astronautas del Apolo 11 el compositor checo Antonin Dvorak, 130 años atrás, se lanzó a explorar la cultura y la música de un mundo extraño y desconocido para él, y en el camino encontró sonoridades ignotas que le sirvieron para escribir una de las sinfonías más bellas y cautivantes de la música clásica.
Cuando Dvorak llegó a la ciudad de Nueva York para dirigir el recién creado Conservatorio Nacional de Nueva York recibió también una misión exigente y complicada: trabajar en la creación de una cultura musical de elevado nivel artístico que represente a la nación estadounidense conformada por inmigrantes de diversas nacionalidades y culturas.
El compositor asumió su reto a plenitud: visitó las comunidades indígenas para indagar la música nativa, trabajó con los negros afroamericanos para escuchar las canciones provenientes de los esclavos negros y coligió que la base de la música estadounidense está en las melodías nativas y la música de los negros.
Las dificultades aparecieron el día que el racialismo yanqui quiso invadir la cultura y el arte musical al tratar de impedir que los negros y los indios tengan representación alguna junto a la población blanca. El problema se diluyó cuando la Orquesta Filarmónica de Nueva York le encargó a Dvorak componer una sinfonía que conjugue los valores musicales del pueblo norteamericano.
En la Sinfonía N°9 en mi menor Dvorak logró fusionar los espirituales negros y la música folclórica nativa, que había encontrado en el nuevo mundo, con temas de la tradición musical del continente europeo, uniendo mundos diferentes a través de una obra sinfónica que ha vencido el tiempo y ha trascendido fronteras.
La obra comienza con un Adagio en donde los instrumentos de cuerdas y maderas escenifican la batalla de la humanidad contra la opresión y la esclavitud; el segundo movimiento recoge melodías que capturan la esencia de la música americana; la flauta y las cuerdas crean después un plácido ambiente pastoral; Dvorak concluye la obra de forma dramática con una síntesis de temas americanos y europeos.
A través de una sonoridad exótica y brío sorprendente Dvorak consiguió expresar en su sinfonía la fascinación que le había causado la tierra mestiza que había explorado y superar las formas musicales de su tiempo.
El clamoroso estreno de la obra, que se realizó el 15 de diciembre de 1893, en el Carnegie Hall de Nueva York, sometió al público y a la crítica, convirtiéndose desde ese día en una de las sinfonías más interpretadas y más conocidas del mundo.
Ni eslava ni americana, la Sinfonía No 9 “del Nuevo Mundo” se ha convertido en patrimonio musical del planeta.

Dvořák: Symphony No. 9 “From the New World», The Vienna Philharmonic Orchestra
















