
El sujeto que hace cerca de 4 años se tomó la ciudad de Quito, además de otras ciudades y pueblos del Ecuador, junto a otro vándalo, para turbar la paz y la tranquilidad del país, ha desvelado con desvergüenza su decisión de volver a aterrorizar a la gente y liquidar la democracia.
Hace 8 meses volvió a sembrar el caos y la violencia en la nación y luego de arrasar el país intimidando a la población, envenenando el agua potable, incendiando patrulleros, asesinando militares, sembrando el caos a su paso embaucó al gobierno y lo sentó frente de él para un diálogo fingido. Prepotente, cínico y audaz, rompió la negociación y hoy se alista a una nueva aventura golpista.
El líder indígena llegará blandiendo los derechos del pueblo al que representa con indecencia y deslealtad, convirtiéndole de nuevo en la víctima de su ambición y sus engaños, exponiéndole al hambre y el maltrato.
El dirigente ha enterrado los vejámenes que años atrás desató contra su pueblo un gobernante más violento y más prepotente que él y se ha complotado con el antiguo enemigo para reforzar los ataques programados para tumbar al gobierno. Para estos comandantes de la violencia los presidentes de turno solo son piezas de su juego macabro contra la democracia. Maestros de la amenaza y el engaño proceden con increíble persistencia hasta lograr sus abyectos objetivos.
Prevalidos en los resultados favorables que han obtenido sus agrupaciones políticas en las últimas elecciones, el líder terrorista y el ex gobernante prófugo preparan la arremetida final contra el poder constituido y saltarán a las calles decididos a romper la paz y pisotear la ley cuando menos lo espere la población.
Un desacreditado político sentenciado por crímenes contra el Estado y un vituperado dirigente indígena que, apenas representa al 6% de la población ecuatoriana, no tienen calidad legal ni moral para destituir a un presidente que con todos los errores cometidos no ha caído en causal alguna de destitución y debe terminar el período para el que lo eligió democráticamente la mayoría de ecuatorianos.
Dos sujetos despreciables no pueden mantener en vilo a la nación amenazando y quebrando la tranquilidad y la seguridad. No pueden amedrentar a mujeres y hombres pacíficos que quieren vivir y trabajar en paz.
El presidente de la república debe defender la democracia, garantizar la seguridad y el orden y actuar con mano firme para impedir que el vandalismo se tome el país. Y está obligado a enmendar sus múltiples errores y hacer los cambios que el país necesita sin enredarse en discursos insustanciales.
La democracia recibe reiteradas amenazas de muerte. Pero antes de que entre en coma los organismos del Estado ecuatoriano no alineados con el autodenominado socialismo del s.XXI deben intervenir para frenar el golpe de Estado que camina de manera descarada.
Si los ecuatorianos no logran dejar de lado la apatía y el conformismo que subyuga a muchos en cualquier momento despertarán con un títere instalado en el poder bajo el control de los golpistas que lo mantienen listo para acomodarle en Carondelet.















