
Un ser de otro mundo me despertó hoy con el alba y me devolvió la fe y el orgullo de ser ecuatoriano. El extraño joven de pequeña estatura y mirada campesina ahogó las pesadillas que me sobresaltaron durante la noche cuando me sumía en la vergüenza de pertenecer a un país que se hunde en la corrupción.
Al conseguir la medalla de oro en ciclismo de ruta de las olimpiadas de Tokio, luego de haber logrado podios en las tres grandes competencias ciclistas del mundo, el humilde ciclista se ha convertido en uno de los más grande deportistas ecuatorianos de todos los tiempos. Carapaz peleó su triunfo junto a figuras de la élite mundial, a quienes dejó atrás en los últimos tramos de la competencia, llegó solo a la meta y compartió el podio con 2 notables compañeros de ruta que vieron con respeto y admiración el logró del ecuatoriano.
Seres pequeños y decididos como él han logrado transformar el mundo y Carapaz lo ha hecho con destreza y liderazgo en un clima de tormenta: empezó a pedalear en una chatarra, un accidente le llevó al hospital, otro percance le impidió ganar la Vuelta al Ecuador. Y él se ha convertido en el ciclista número 5 del ranking internacional sin ninguna ayuda del Estado y de las autoridades del ciclismo ecuatoriano.
El entusiasmo que despertó el oro olímpico ha congregado a todos los ecuatorianos junto a la figura del gran campeón. El ciclista se ha convertido en repartidor de alegría y optimismo entre sus compatriotas, aunque su fuerza y su luz solo hayan sido fuegos artificiales que luego de alumbrar el cielo desaparecen. Hace muy pocos días el país vibró con el podio que alcanzó Richard en el Tour de Francia y al día siguiente muchos se habían olvidado de la tenacidad, la fortaleza y la integridad que desplegó el deportista para conseguir el triunfo.
La semana que termina ha sido vergonzosa para el Ecuador: reflotaron nuevas evidencias que hunden a un ex contralor preso por corrupción; un ex ministro del ex presidente Correa evidenció ante la Asamblea Nacional la existencia de una organización criminal que habría liderado el ex mandatario en otro caso de corrupción que es investigado por la justicia; un ex alcalde defenestrado se ha ido del Municipio de Quito con vergüenza y sin admitir sus culpas; una asambleísta indígena de la Amazonía sorprendió al país con expresiones que inducen al robo exhortando a los políticos a que atraquen con cautela y sin dejar evidencias; las mafias volvieron a asesinar y aterrorizar en 2 cárceles del país. El Ecuador no quiere cambiar, la corrupción toma raíces más profundas, los inmorales tratan de defender su depravación y el poder sigue aferrado al tenebroso pasado.
Richard Carapaz se ha alzado como un faro que puede ayudar a romper la oscuridad alumbrando la tempestad que agita a la nación. Más allá de quedarse como figura legendaria del deporte ecuatoriano quisiera convertirse en guía para los jóvenes de su país que deseen seguir su ejemplo y esforzarse para superar los males endémicos de una sociedad conformista y corrupta.
Brilla en el cielo de Tokio la figura del laureado ciclista olímpico, su sonrisa vuela por el archipiélago japonés y el mar Pacífico, conmueven sus lágrimas de felicidad y las de sus familiares que no alcanzan a entender la nueva hazaña del “mijín”. Y laten sobre la geografía tricolor las pulsaciones del corazón gigante del pequeño deportista que por amor a su gente y a su país ha vencido la adversidad con su voluntad de acero.


















